Alma revisó el interior una vez más. Aquel lugar estaba totalmente destruido, ya no quedaba nada.
Recordó esos momentos mágicos... Aquellos que compartía con Ange y Elle. Aquellos días de lluvia en los que se sentaba en el alfeizar de la ventana, sin nada más que hacer. Aquellos días de tranquilidad, fuera del estrés, cuando el sol acariciaba su piel, dejándola fluir por todos los poros, reconfortándose.
Todo aquello se había ido.
Progresivamente, Alma decidió que ni siquiera tenía tiempo para las historias, para inventarlas, crearlas. Miró a todos aquellos pequeños seres, que brillaban en la oscuridad como motas de polvo. Una lágrima empezó a resbalar por su mejilla... ¿Por qué tenía que renunciar a todo aquello? Se sentía tan sola a veces...
Porque a pesar de tener gente que la quería, aunque no estuvieran allí... Nunca estaban alli. Siempre sería una persona solitaria, sin esperar absolutamente nada a cambio de sus relatos. Algo así como un cuentacuentos... Si más o menos así debían de ser los cuentacuentos.
Esperó unos segundos, mirando todavía a lo que parecía un cielo estrellado en el medio de su salón. Clius, Skye, Helen, Henry, Victoria... Todos ellos... Solo habían salido de su cabeza... Todo era ficción, eso era de lo que estaba rodeada. Solo tenía buenas vibraciones al cerrar los ojos e imaginarse en otros lugares, otros mundos...
Otros mundos...
-Lucia, Lucia... ¿Estás bien?- Alma miró a su alrededor. No estaba en casa, no en su casa. No en aquella mansión, medio derrumbada en ocasiones, perfectamente arreglada en otras, donde las cosas se movían, los cuentos salían sin más, a borbotones. No estaba la ventana con el enorme alféizar desde el que veía el lago...
Ninguna de esas cosas estaba allí, ni siquiera tenía su vestido largo con ella. Alma observó sin comprender a toda la gente que la miraba con cara de asustados.
Seguía sin entenderlo. Su cabeza se había golpeado contra el suelo, y dolía. Sentía como toda su espalda estaba dolorida, y fría.
Alguien le ayudó a levantarse... ¿Él? No, no podía ser él... ¿O si? Pronunció el nombre bajito...
-¿Ian?- El chico sonrió levemente mientras tiraba de ella hacia arriba y la estabilizaba en pie- ¿Eres tú?
Alma se sentía confusa, hacía años que no recordaba aquella aura, no era la de siempre, no era el de siempre, pero era su aura. En otro aspecto, en otra voz, en otro hombre... Pero era él, estaba segura de ello.
-Parece que se ha dado un golpe fuerte, ni siquiera recuerda los nombres con propiedad- Una de las chicas que me rodeaban rió por lo bajo, haciéndome recordar a alguien que se reía así, quitándole importancia a los problemas una vez resueltos.
Seguía confundida, abrazada a un cuerpo que no era el de Ian, pero reconfortaba igual. Alma abrió uno de los ojos.
De pronto su linea de horizonte se había vuelto ligeramente más baja. Se miró las manos. Unas uñas rojas, rojas... Aquel color tenía que tener algún significado para ella aquí, como no.
Se soltó de Ian y salió corriendo en dirección al baño... ¿Cómo demonios sabía donde estaba el baño? Pues lo sabía. Aquel no era su mundo, no era su terreno. No su lucha, ni su ambiente.
Se miró al espejo desconfiada, tocándose la cara con incredulidad, mientras escuchaba pasos apresurados. Aquello no podía estar pasando.
-¿Lucia...?- La voz de Ian retumbó en mi cabeza. Todo aquello tenía el mismo sentido que un perro de color verde. Aunque para Alma, había muy pocas cosas imposibles.
-¿Por qué demonios me llamas Lucia?- Alma se retractó al girarse y ver la cara del chico otra vez. Ni siquiera sabía como había sido capaz de abrazarle un rato antes... ¿Qué era todo aquello?
-Porque te llamas así... Siempre te has llamado así. El golpe ha debido ser lo suficientemente fuerte para que tengas amnesia temporal...- El chico recapacitó durante unos segundos, apartando la vista. Luego le tendió la mano y añadió- Alex.
¿Alex? ¿Eso era todo lo que tenía que decir? Alma cada vez entendía menos.
-Vaya... ¿Tampoco te suena? Quizás es más grave de lo que pensamos en un principio- La cara del chico se descompuso en una mueca de preocupación- Alex... Estudiamos juntos aquí, ¿recuerdas?
-En mi vida he estado aquí antes- respondió Alma- Yo solo... Cerré los ojos y ahora estoy aquí.
-¿Y entonces como sabías donde estaba el baño?- Alma comenzó a comprender lentamente, omitiendo dar respuesta a la pregunta que le acababan de formular. Era posible... ¿Era posible que finalmente hubiera renunciado al completo a aquella vida bohemia? Aquella que empezaba a tornarse imposible.... Difícil de controlar... De domar. Quizás todo aquello era simplemente otro traslado, a otro cuerpo que necesitase un poco de esa tranquilidad que faltaba tanto. En un nuevo mundo... Aquello, era un nuevo comienzo. Otra historia.
Una historia dentro de una chica, con uñas rojas.
N.D.A: Cierto trastorno mental con mis uñas de hoy y los exámenes a dos semanas. Ugh. Cuanto tiempo sin escribir algo así de largo y así de jodidamente difícil de interpretar. A veces ni yo lo consigo ;) Pero había que tomarse un descanso, dando por hecho de que mi compañera de biblioteca casi me mata por parar de trabajar. Uh. Continuemos pues. Primer acto finalizado.
Tenlo claro...
La primera vez que traspasó aquella puerta, apenas alcanzaba el metro de estatura. Se quedó en el umbral, aspirando el aroma a magia que desprendía aquella casa. La estancia estaba en penumbra, iluminada únicamente con una luz anaranjada, sin fuente aparente, al menos el pequeño no sabía de donde venía.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
martes, 15 de mayo de 2012
jueves, 26 de abril de 2012
Fuera de la arquitectura.
Llega un punto del día en el que me siento vacía por dentro. Las luces se apagan, los sonidos se amortiguan. Ya nada puede hacerte salir del remolino en el que te has metido, donde existen un sinfín de ideas y pensamientos que te atrapan.
Coges aire, cierras los ojos… Tú estás allí, tu mundo paralelo también lo está.
¡Cuantas veces habré imaginado estar en otro lugar! En medio de un bosque, el color verde rodeandome. Sintiéndome pequeña, pero no porque la gente te mira desde arriba, si no porque tienes árboles que son 10 veces tu tamaño.
Caminar, sintiéndote completamente sola, y en paz con ese lugar. Estar en mitad de la naturaleza, olvidarte de los coches, olvidarte de los ruidos. Olvidarme de todo eso… Cuantas veces habré conseguido imaginar el olor a verde, el ruido del agua.
Cuantas veces habré imaginado estar bajo la arena de la playa, las olas rompiendo a unos metros de mi. Cuantas veces habré imaginado el olor a salado.
Y cuantas he imaginado que todo eso ocurría un día cualquiera, sin moverme de mi habitación. Siendo otra persona, distinta… Más alta, más delgada, más esbelta, con el pelo distinto, con el carácter distinto.
Escapar de esa sensación de embotellamiento que tengo siempre. Escapar del estres. Sentir como mis manos se juntan, y tocan con las yemas mi nariz, que respira despacio, cogiendo aire por la boca.
Sintiendo como mi corazón vuelca cuando siento lugares en los que nunca he estado. Sintiendo la magia correr por mis venas.
Al fin y al cabo, la vida de una escritora… Siempre va a ser así. La vida de una arquitecta consiste en todo lo contrario.
martes, 5 de abril de 2011
Ian.
Hacía tiempo que no veía un aura como esa. Un aura pura... Tranquila.
Cualquier pensamiento que se me antoje traición... Se me clava como un puñal en el corazón, frío, de hierro, imposible de sacar. O quizás si, quizás em perdone simplemente con una de sus risas.
Ojalá me lo perdonen mis pensamientos. Para ser humana hay que cometer ciertos errores, errores que quieres cometer. Lo cometí una vez y lo conseguiré una segunda.
Pero él... Él es distinto.
Siempre me equivoqué con él, como con Christian. Al principio, Ian se tornaba como un capricho insignificante, un revoltijo simple de hilos, que en cuanto tiraras de uno, todo se vendría abajo, y quedaría, sin más, un reflejo de lo interesante que creíste ver, un espejo. Una... ilusion.
No me hizo falta mucho tiempo para tirar del primer hilo. Si decisión, eso me falta siempre. Y tirar... fue como pensar que aquello no seguiría mucho más... Que todo se desharía con esa insignificante y pequeña pregunta, fuera de lugar, fuera de tono...
Timida, casi sin voz.
Mi sorpresa fue descubrir, como primera mentira, que no es tan simple como una lo ve la primera vez. Había algo, algo que brillaba allí, entre toda esa maraña, había algo que podría resultar, encajar.
Había algo... una niebla, que se colaba por mis oidos como un aroma, algo tranquilo, salado, capaz de darme paz, esa que no encuentro cuanto mas la necesito.
Lo noto, está ahí, aunque me esté yendo por otro camino brevemente, esa intensidad que me mira, sigue ahí.
A veces la veo cerca, otras noto, como se encuentra más alejado. Tengo miedo, miedo de que no sea yo, por supuesto, y estoy agazapada esperando una señal clara de poder salir, y luchar por lo que quiero.
Porque, aunque sea de una manera leve, siento que le quiero. Ese cosquilleo, esa electricidad que me provoca.
Eso, no hay quien lo cambie, ni quien lo sustituya. Pero tampoco puedo luchar por tenerlo, si no vamos a llegar a ninguna parte.
Cualquier pensamiento que se me antoje traición... Se me clava como un puñal en el corazón, frío, de hierro, imposible de sacar. O quizás si, quizás em perdone simplemente con una de sus risas.
Ojalá me lo perdonen mis pensamientos. Para ser humana hay que cometer ciertos errores, errores que quieres cometer. Lo cometí una vez y lo conseguiré una segunda.
Pero él... Él es distinto.
Siempre me equivoqué con él, como con Christian. Al principio, Ian se tornaba como un capricho insignificante, un revoltijo simple de hilos, que en cuanto tiraras de uno, todo se vendría abajo, y quedaría, sin más, un reflejo de lo interesante que creíste ver, un espejo. Una... ilusion.
No me hizo falta mucho tiempo para tirar del primer hilo. Si decisión, eso me falta siempre. Y tirar... fue como pensar que aquello no seguiría mucho más... Que todo se desharía con esa insignificante y pequeña pregunta, fuera de lugar, fuera de tono...
Timida, casi sin voz.
Mi sorpresa fue descubrir, como primera mentira, que no es tan simple como una lo ve la primera vez. Había algo, algo que brillaba allí, entre toda esa maraña, había algo que podría resultar, encajar.
Había algo... una niebla, que se colaba por mis oidos como un aroma, algo tranquilo, salado, capaz de darme paz, esa que no encuentro cuanto mas la necesito.
Lo noto, está ahí, aunque me esté yendo por otro camino brevemente, esa intensidad que me mira, sigue ahí.
A veces la veo cerca, otras noto, como se encuentra más alejado. Tengo miedo, miedo de que no sea yo, por supuesto, y estoy agazapada esperando una señal clara de poder salir, y luchar por lo que quiero.
Porque, aunque sea de una manera leve, siento que le quiero. Ese cosquilleo, esa electricidad que me provoca.
Eso, no hay quien lo cambie, ni quien lo sustituya. Pero tampoco puedo luchar por tenerlo, si no vamos a llegar a ninguna parte.
sábado, 19 de marzo de 2011
Los 10 días de felicidad.
Son imposibles.
Por múltiples razones. No es un sentimiento que me agrade, pero a él parece que... le gusta estar conmigo.
No me siento bien. Con nadie. No tengo ganas de querer a nadie, de sonreír de repente, y ser todo lo feliz que puedo serlo.
Me siento vacía por dentro, como si hubiera perdido la única cosa importante. A menudo se me ocurre pensar que no es una broma. Tengo ganas de llorar, siempre. Raro es el día que no.
Estoy empezando a perder cosas que me importan de verdad. Me siento podrida, asqueada, no me gusto, y desde luego no soy capaz de sentir todo lo de antes.
Me pregunto si he sido yo sola la que ha decidido desintegrarse sola, si ha sido un cúmulo de cosas, si ha sido esta asquerosa carrera o que cojones ha sido.
No me gusto, no me siento, no tengo ganas de hacer nada, y me da igual en que ambiente esté pero no me siento bien.
Y menos en esas situaciones. Pero como les quiero, me lo callo. Y digo que estoy bien.
Por múltiples razones. No es un sentimiento que me agrade, pero a él parece que... le gusta estar conmigo.
No me siento bien. Con nadie. No tengo ganas de querer a nadie, de sonreír de repente, y ser todo lo feliz que puedo serlo.
Me siento vacía por dentro, como si hubiera perdido la única cosa importante. A menudo se me ocurre pensar que no es una broma. Tengo ganas de llorar, siempre. Raro es el día que no.
Estoy empezando a perder cosas que me importan de verdad. Me siento podrida, asqueada, no me gusto, y desde luego no soy capaz de sentir todo lo de antes.
Me pregunto si he sido yo sola la que ha decidido desintegrarse sola, si ha sido un cúmulo de cosas, si ha sido esta asquerosa carrera o que cojones ha sido.
No me gusto, no me siento, no tengo ganas de hacer nada, y me da igual en que ambiente esté pero no me siento bien.
Y menos en esas situaciones. Pero como les quiero, me lo callo. Y digo que estoy bien.
sábado, 22 de enero de 2011
Audrey y el número fi
Quizás esta carrera me está consumiendo el alma a una manera estrasensorial.
Quiero... Reconocer que necesito unas vacaciones largas... Extralargas... Hasta el punto de analizar el vuelo de una mosca a una altura de 2 metros del suelo.
Porque ya me es imposible pensar en otra cosa que no sean alturas, cosas concretas, inmediatas, a cuanto debe estar uan puerta, donde va una ventana, si esta abre a la francesa o es abatible.
Lineas, es lo único que consigo ver, líneas y más líneas.
Quiero mi mundo de sentimientos a flor de piel, donde todo era un maldito baile de máscaras, donde aparecía el rojo, el sofá rojo, donde las peleas de bolas de nieve eran tan ciertas como el aire que llegabamos a respirar.
Donde los besos eran tan solo escribir un beso... Donde todo es posible con un simple tecleo.
Hecho de menos lo que... de alguna manera, el momento en el que no me equivoqué. ¿Y si me equivoqué al principio y todo lo que vivimos es una sarta de maravillosas mentras?
Por otra parte, me encanta equivocarme, los huracanes en continuo movimiento son imposibles de encasillar, y a la vez fascinantes.
Fascinación, es practicamente todo lo que tengo ¿Sabes cual es el miedo? Mi miedo... es que se esfume la fascinación. Llegar y decir "no era para tanto" Hacer fiuuuuu en pocos términos y muy mal explicado.
Y por otro lado... No sentirse gafe. Por una vez en la vida, no sentirse gafe.
Quiero... Reconocer que necesito unas vacaciones largas... Extralargas... Hasta el punto de analizar el vuelo de una mosca a una altura de 2 metros del suelo.
Porque ya me es imposible pensar en otra cosa que no sean alturas, cosas concretas, inmediatas, a cuanto debe estar uan puerta, donde va una ventana, si esta abre a la francesa o es abatible.
Lineas, es lo único que consigo ver, líneas y más líneas.
Quiero mi mundo de sentimientos a flor de piel, donde todo era un maldito baile de máscaras, donde aparecía el rojo, el sofá rojo, donde las peleas de bolas de nieve eran tan ciertas como el aire que llegabamos a respirar.
Donde los besos eran tan solo escribir un beso... Donde todo es posible con un simple tecleo.
Hecho de menos lo que... de alguna manera, el momento en el que no me equivoqué. ¿Y si me equivoqué al principio y todo lo que vivimos es una sarta de maravillosas mentras?
Por otra parte, me encanta equivocarme, los huracanes en continuo movimiento son imposibles de encasillar, y a la vez fascinantes.
Fascinación, es practicamente todo lo que tengo ¿Sabes cual es el miedo? Mi miedo... es que se esfume la fascinación. Llegar y decir "no era para tanto" Hacer fiuuuuu en pocos términos y muy mal explicado.
Y por otro lado... No sentirse gafe. Por una vez en la vida, no sentirse gafe.
domingo, 9 de enero de 2011
Son las doce y veinte...
Del 10 de enero del 2011.
No pretendo empezar a usar este blog como un diario, a pesar de que ya lo esté haciendo de una manera encriptada.
Hoy, hoy tengo miedo. A esta hora, y en este día, a 96 horas de mi catástrofica prueba como aspirante a arquitecto no puedo hacer otra cosa que desvanecerme en esta página blanca y azul.
Si, tendría que estar con un lápiz y una goma en las manos, emborronando una lámina que no pasará del cuatro, siendo muy generosos conmigo mis amables profesores.
Esto... realmente es lo que quiero, si. Pero el nerviosismo me abruma enormemente con esta cuenta atrás para mi exámen de introducción que tanto temo, y para el que el libro se ha quedado cerrado. Con plan de estrenarlo mañana, por supuesto.
Tengo miedo, claro está, porque pensamos en todas las notas posibles por debajo del cinco.
Es obvio, hemos empezado una nueva etapa, y a cada paso que damos, cada avance que nos indica que estamos arriesgando por tener la formación necesaria y salir adelante cuando nos encontremos solos; nos parece que estamos más lejos de cuando, de pequeños, jugabamos a aprender a leer y a escribir. Estamos arriesgando, y como arriesgamos, tenemos el problema de fallar.
No hace mucho, me caí patinando. Con mis tíos. Mi tío insistía en que ponía cara extraña, porque aquel día no podría decir que no me había caído ni una sola vez. En realidad, me estaba agobiando pensando en lo que tenía que hacer al volver a casa.
Hablas, y hablas de todo lo que estudias. Cierras los ojos, y aparecen lineas, letras impresas, muchísimos apuntes. Aparece lo que te agobia.
Respira. Respirad todos. Esto solo sirve de aliento. Seremos arquitectos, médicos, arqueologos, empresarios, profesores, filólogos, seremos todo cuanto queramos ser, porque somos capaces. Todavía más si somos capaces de no caer.
Escucha, es un aliento. Estudia lo que puedas, y esfuérzate, porque al menos, te habrás esforzado. Hazlo, y no habrá ningún problema.
Es la una y cuarto del 10 de enero. A cuatro días del desastre. Y tras mi breve pausa escribiendo, vuelvo al trabajo con fuerzas. Porque al menos yo, sé que puedo superarlo.
Así que tú, que eres mejor que yo, en todos los aspectos, puedes, todavía mejor.
Seas quien seas, claro.
No pretendo empezar a usar este blog como un diario, a pesar de que ya lo esté haciendo de una manera encriptada.
Hoy, hoy tengo miedo. A esta hora, y en este día, a 96 horas de mi catástrofica prueba como aspirante a arquitecto no puedo hacer otra cosa que desvanecerme en esta página blanca y azul.
Si, tendría que estar con un lápiz y una goma en las manos, emborronando una lámina que no pasará del cuatro, siendo muy generosos conmigo mis amables profesores.
Esto... realmente es lo que quiero, si. Pero el nerviosismo me abruma enormemente con esta cuenta atrás para mi exámen de introducción que tanto temo, y para el que el libro se ha quedado cerrado. Con plan de estrenarlo mañana, por supuesto.
Tengo miedo, claro está, porque pensamos en todas las notas posibles por debajo del cinco.
Es obvio, hemos empezado una nueva etapa, y a cada paso que damos, cada avance que nos indica que estamos arriesgando por tener la formación necesaria y salir adelante cuando nos encontremos solos; nos parece que estamos más lejos de cuando, de pequeños, jugabamos a aprender a leer y a escribir. Estamos arriesgando, y como arriesgamos, tenemos el problema de fallar.
No hace mucho, me caí patinando. Con mis tíos. Mi tío insistía en que ponía cara extraña, porque aquel día no podría decir que no me había caído ni una sola vez. En realidad, me estaba agobiando pensando en lo que tenía que hacer al volver a casa.
Hablas, y hablas de todo lo que estudias. Cierras los ojos, y aparecen lineas, letras impresas, muchísimos apuntes. Aparece lo que te agobia.
Respira. Respirad todos. Esto solo sirve de aliento. Seremos arquitectos, médicos, arqueologos, empresarios, profesores, filólogos, seremos todo cuanto queramos ser, porque somos capaces. Todavía más si somos capaces de no caer.
Escucha, es un aliento. Estudia lo que puedas, y esfuérzate, porque al menos, te habrás esforzado. Hazlo, y no habrá ningún problema.
Es la una y cuarto del 10 de enero. A cuatro días del desastre. Y tras mi breve pausa escribiendo, vuelvo al trabajo con fuerzas. Porque al menos yo, sé que puedo superarlo.
Así que tú, que eres mejor que yo, en todos los aspectos, puedes, todavía mejor.
Seas quien seas, claro.
lunes, 27 de diciembre de 2010
He vuelto a soñar
Volví a soñar con ese lugar. Ese sitio que se parece tan extrañamente a la zona del centro de mi ciudad, pero no lo es.
He vuelto a soñar otra vez con esa pista de skate, donde se hacen competiciones urbanas sin importar las normas. En esa rampa en forma de U, donde chicos con camisetas de baloncesto y pantalones holgados, que siempre llevan las gorras hacia atrás y dejan ver sus rastas o sus cortes de pelos asimétricos nunca estoy sola.
Siempre me acompañan los dos de siempre. Y siempre dos. La competición termina y el ganador recoge su tabla nueva de skate como premio. Es momento de volver. Volvemos solo dos, tú y yo, no sé porqué siempre dejamos al tercero atrás.
Caminamos por las calles. El suelo es irregular, de adoquines cuadrados pequeños, en color marrón piedra. Las paredes de los edificios de la zona también son de ese color marrón, pero son planchas de piedra lisas.
Seguimos el habitual recorrido entre calles estrechas, transitadas por millones de personas, mientras charlamos sobre realmente nada, porque en mi sueño nunca se oye más que una o dos palabras sueltas.
Nuestros pasos nos dirigen a una plaza, una plaza pequeña. Y entonces como siempre, me recuerdas que no entre en el bar que se ve a la esquina, que entra gente muy extraña, que no son buenas compañias, que podría pasarme algo malo si me encuentran sola.
Por espacio de cinco minutos mi sueño enfoca lo que mis ojos ven. Van mirando al suelo, contando el número de adoquines que piso y, al levantar la vista, ya no estás.
Pero no me pongo nerviosa, ni me extraño. Ya he estado más veces en ese sueño, sé que siemrpe desapareces de repente, y nunca recuerdo si luego vuelves.
Sigo caminando sola. No me importa a donde me guío, porque en el sueño siempre sé a donde voy. Paso tras paso voy esquivando a los tumultos de gente que siempre caminan en dirección contraria a la mía. Excepto tú, todo el mundo camina en dirección contraria a la mia.
Y entonces los veo. Frente a la gente, que camina de manera monótona, que no hablan entre ellos, que solo se dirigen a un lugar, vestidos con túnicas negras, detalle en el que siempre me fijo en este momento, porque hasta entonces nunca lo había advertido; se aparecen cuatro personas, vestidas como si hubieran salido de una obra de teatro pintoresca: son tres hombres y una mujer, aunque quizás deberí decirlo al revés por la mujer siempre va a la izquierda. Es gorda, lleva el pelo verde, una nariz carácterística de una bruja, con verruga incluida y lleva a cuestas una escoba. El vestido combina con el pelo: es blanco y tiene manchas verdes.
Siempre me fijo detalladamente en la mujer, y no en los otros tres, aún así soy capaz de decir que cada uno va de los colores del parchis: verde, rojo, amarillo y azul y que los colores proceden de las pelucas que llevan.
Inmediatamente me doy cuenta de que salen del bar que siempre me prohibe visitar mi acompañante en una mitad del sueño. Posteriormente caigo en el detalle de que él no está conmigo, y aunque haya más gente en la calle, mucha más, estoy sola. Y esa era otra de las prohibiciones: "Que no te vean sola".
Empiezo a correr, desesperada por perderlos de vista. Me meto por calles que no conozco en las que cada vez hay menos gente, esperando que, por favor, no me hayan visto y me hayan seguido o será mi fin. Lo que quiera que signifique fin en este sueño.
La angustia aprisiona mi pecho mientras mis piernas se niegan a parar, y mi cabeza, como si tuviera un tic nervioso imposible de detener, se gira cada cinco segundos para verificar que, efectivamente, no me siguen.
Y por fin un lugar que si conozco. Conozco ahora, esta última vez que soñé. Ese suelo... Poca gente. Pero lo característico de esa calle, es la elevación en al parte derecha del camino, como una acera elevada exageradamente, que para transitar por ella es necesario subir escaleras.
Esa calle, la recorrí mil veces, y una más. Muchas en sueños, pero muchas en la realidad. Esa calle es de Santiago. En esa calle está esa facultad. Y me doy cuenta ahora.
Cojo el teléfono. Sé que estoy a salvo, y que ya no me van a perseguir, porque estoy alejada del corazón de la ciudad, ya no hay gente.
Marco. por tercera vez, lo único que cambia es mi teléfono móvil, que se adapta al que tengo en la actualidad en la que sueño. Empieza a sonar...
Al otro lado se escucha una voz, una voz tranquilizante de la que solo puedo oir un heeey, y mi respiración entrecortada.
Porque de repente, y sin previo aviso, abro mis ojos y un panda de peluche me mira con los suyos, grandes esperando un abrazo que lo haga saltar. Estoy en mi habitación, y siempre todo es un sueño.
Pero nunca entiendo más que la última parte. ¿Es, entonces, Santiago? ¿Por qué desaparecen los personajes a mitad de escena? ¿Quiene sson esos cuatro y por qué escapo de ellos? ¿Por qué marco el teéfono?
Pero... lo que es más importante: ¿Por qué sueño esto cada cierto tiempo, y el resultado sigue siendo el mismo?
He vuelto a soñar otra vez con esa pista de skate, donde se hacen competiciones urbanas sin importar las normas. En esa rampa en forma de U, donde chicos con camisetas de baloncesto y pantalones holgados, que siempre llevan las gorras hacia atrás y dejan ver sus rastas o sus cortes de pelos asimétricos nunca estoy sola.
Siempre me acompañan los dos de siempre. Y siempre dos. La competición termina y el ganador recoge su tabla nueva de skate como premio. Es momento de volver. Volvemos solo dos, tú y yo, no sé porqué siempre dejamos al tercero atrás.
Caminamos por las calles. El suelo es irregular, de adoquines cuadrados pequeños, en color marrón piedra. Las paredes de los edificios de la zona también son de ese color marrón, pero son planchas de piedra lisas.
Seguimos el habitual recorrido entre calles estrechas, transitadas por millones de personas, mientras charlamos sobre realmente nada, porque en mi sueño nunca se oye más que una o dos palabras sueltas.
Nuestros pasos nos dirigen a una plaza, una plaza pequeña. Y entonces como siempre, me recuerdas que no entre en el bar que se ve a la esquina, que entra gente muy extraña, que no son buenas compañias, que podría pasarme algo malo si me encuentran sola.
Por espacio de cinco minutos mi sueño enfoca lo que mis ojos ven. Van mirando al suelo, contando el número de adoquines que piso y, al levantar la vista, ya no estás.
Pero no me pongo nerviosa, ni me extraño. Ya he estado más veces en ese sueño, sé que siemrpe desapareces de repente, y nunca recuerdo si luego vuelves.
Sigo caminando sola. No me importa a donde me guío, porque en el sueño siempre sé a donde voy. Paso tras paso voy esquivando a los tumultos de gente que siempre caminan en dirección contraria a la mía. Excepto tú, todo el mundo camina en dirección contraria a la mia.
Y entonces los veo. Frente a la gente, que camina de manera monótona, que no hablan entre ellos, que solo se dirigen a un lugar, vestidos con túnicas negras, detalle en el que siempre me fijo en este momento, porque hasta entonces nunca lo había advertido; se aparecen cuatro personas, vestidas como si hubieran salido de una obra de teatro pintoresca: son tres hombres y una mujer, aunque quizás deberí decirlo al revés por la mujer siempre va a la izquierda. Es gorda, lleva el pelo verde, una nariz carácterística de una bruja, con verruga incluida y lleva a cuestas una escoba. El vestido combina con el pelo: es blanco y tiene manchas verdes.
Siempre me fijo detalladamente en la mujer, y no en los otros tres, aún así soy capaz de decir que cada uno va de los colores del parchis: verde, rojo, amarillo y azul y que los colores proceden de las pelucas que llevan.
Inmediatamente me doy cuenta de que salen del bar que siempre me prohibe visitar mi acompañante en una mitad del sueño. Posteriormente caigo en el detalle de que él no está conmigo, y aunque haya más gente en la calle, mucha más, estoy sola. Y esa era otra de las prohibiciones: "Que no te vean sola".
Empiezo a correr, desesperada por perderlos de vista. Me meto por calles que no conozco en las que cada vez hay menos gente, esperando que, por favor, no me hayan visto y me hayan seguido o será mi fin. Lo que quiera que signifique fin en este sueño.
La angustia aprisiona mi pecho mientras mis piernas se niegan a parar, y mi cabeza, como si tuviera un tic nervioso imposible de detener, se gira cada cinco segundos para verificar que, efectivamente, no me siguen.
Y por fin un lugar que si conozco. Conozco ahora, esta última vez que soñé. Ese suelo... Poca gente. Pero lo característico de esa calle, es la elevación en al parte derecha del camino, como una acera elevada exageradamente, que para transitar por ella es necesario subir escaleras.
Esa calle, la recorrí mil veces, y una más. Muchas en sueños, pero muchas en la realidad. Esa calle es de Santiago. En esa calle está esa facultad. Y me doy cuenta ahora.
Cojo el teléfono. Sé que estoy a salvo, y que ya no me van a perseguir, porque estoy alejada del corazón de la ciudad, ya no hay gente.
Marco. por tercera vez, lo único que cambia es mi teléfono móvil, que se adapta al que tengo en la actualidad en la que sueño. Empieza a sonar...
Al otro lado se escucha una voz, una voz tranquilizante de la que solo puedo oir un heeey, y mi respiración entrecortada.
Porque de repente, y sin previo aviso, abro mis ojos y un panda de peluche me mira con los suyos, grandes esperando un abrazo que lo haga saltar. Estoy en mi habitación, y siempre todo es un sueño.
Pero nunca entiendo más que la última parte. ¿Es, entonces, Santiago? ¿Por qué desaparecen los personajes a mitad de escena? ¿Quiene sson esos cuatro y por qué escapo de ellos? ¿Por qué marco el teéfono?
Pero... lo que es más importante: ¿Por qué sueño esto cada cierto tiempo, y el resultado sigue siendo el mismo?
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