Tenlo claro...
La primera vez que traspasó aquella puerta, apenas alcanzaba el metro de estatura. Se quedó en el umbral, aspirando el aroma a magia que desprendía aquella casa. La estancia estaba en penumbra, iluminada únicamente con una luz anaranjada, sin fuente aparente, al menos el pequeño no sabía de donde venía.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
jueves, 26 de abril de 2012
Fuera de la arquitectura.
Llega un punto del día en el que me siento vacía por dentro. Las luces se apagan, los sonidos se amortiguan. Ya nada puede hacerte salir del remolino en el que te has metido, donde existen un sinfín de ideas y pensamientos que te atrapan.
Coges aire, cierras los ojos… Tú estás allí, tu mundo paralelo también lo está.
¡Cuantas veces habré imaginado estar en otro lugar! En medio de un bosque, el color verde rodeandome. Sintiéndome pequeña, pero no porque la gente te mira desde arriba, si no porque tienes árboles que son 10 veces tu tamaño.
Caminar, sintiéndote completamente sola, y en paz con ese lugar. Estar en mitad de la naturaleza, olvidarte de los coches, olvidarte de los ruidos. Olvidarme de todo eso… Cuantas veces habré conseguido imaginar el olor a verde, el ruido del agua.
Cuantas veces habré imaginado estar bajo la arena de la playa, las olas rompiendo a unos metros de mi. Cuantas veces habré imaginado el olor a salado.
Y cuantas he imaginado que todo eso ocurría un día cualquiera, sin moverme de mi habitación. Siendo otra persona, distinta… Más alta, más delgada, más esbelta, con el pelo distinto, con el carácter distinto.
Escapar de esa sensación de embotellamiento que tengo siempre. Escapar del estres. Sentir como mis manos se juntan, y tocan con las yemas mi nariz, que respira despacio, cogiendo aire por la boca.
Sintiendo como mi corazón vuelca cuando siento lugares en los que nunca he estado. Sintiendo la magia correr por mis venas.
Al fin y al cabo, la vida de una escritora… Siempre va a ser así. La vida de una arquitecta consiste en todo lo contrario.
martes, 5 de abril de 2011
Ian.
Hacía tiempo que no veía un aura como esa. Un aura pura... Tranquila.
Cualquier pensamiento que se me antoje traición... Se me clava como un puñal en el corazón, frío, de hierro, imposible de sacar. O quizás si, quizás em perdone simplemente con una de sus risas.
Ojalá me lo perdonen mis pensamientos. Para ser humana hay que cometer ciertos errores, errores que quieres cometer. Lo cometí una vez y lo conseguiré una segunda.
Pero él... Él es distinto.
Siempre me equivoqué con él, como con Christian. Al principio, Ian se tornaba como un capricho insignificante, un revoltijo simple de hilos, que en cuanto tiraras de uno, todo se vendría abajo, y quedaría, sin más, un reflejo de lo interesante que creíste ver, un espejo. Una... ilusion.
No me hizo falta mucho tiempo para tirar del primer hilo. Si decisión, eso me falta siempre. Y tirar... fue como pensar que aquello no seguiría mucho más... Que todo se desharía con esa insignificante y pequeña pregunta, fuera de lugar, fuera de tono...
Timida, casi sin voz.
Mi sorpresa fue descubrir, como primera mentira, que no es tan simple como una lo ve la primera vez. Había algo, algo que brillaba allí, entre toda esa maraña, había algo que podría resultar, encajar.
Había algo... una niebla, que se colaba por mis oidos como un aroma, algo tranquilo, salado, capaz de darme paz, esa que no encuentro cuanto mas la necesito.
Lo noto, está ahí, aunque me esté yendo por otro camino brevemente, esa intensidad que me mira, sigue ahí.
A veces la veo cerca, otras noto, como se encuentra más alejado. Tengo miedo, miedo de que no sea yo, por supuesto, y estoy agazapada esperando una señal clara de poder salir, y luchar por lo que quiero.
Porque, aunque sea de una manera leve, siento que le quiero. Ese cosquilleo, esa electricidad que me provoca.
Eso, no hay quien lo cambie, ni quien lo sustituya. Pero tampoco puedo luchar por tenerlo, si no vamos a llegar a ninguna parte.
Cualquier pensamiento que se me antoje traición... Se me clava como un puñal en el corazón, frío, de hierro, imposible de sacar. O quizás si, quizás em perdone simplemente con una de sus risas.
Ojalá me lo perdonen mis pensamientos. Para ser humana hay que cometer ciertos errores, errores que quieres cometer. Lo cometí una vez y lo conseguiré una segunda.
Pero él... Él es distinto.
Siempre me equivoqué con él, como con Christian. Al principio, Ian se tornaba como un capricho insignificante, un revoltijo simple de hilos, que en cuanto tiraras de uno, todo se vendría abajo, y quedaría, sin más, un reflejo de lo interesante que creíste ver, un espejo. Una... ilusion.
No me hizo falta mucho tiempo para tirar del primer hilo. Si decisión, eso me falta siempre. Y tirar... fue como pensar que aquello no seguiría mucho más... Que todo se desharía con esa insignificante y pequeña pregunta, fuera de lugar, fuera de tono...
Timida, casi sin voz.
Mi sorpresa fue descubrir, como primera mentira, que no es tan simple como una lo ve la primera vez. Había algo, algo que brillaba allí, entre toda esa maraña, había algo que podría resultar, encajar.
Había algo... una niebla, que se colaba por mis oidos como un aroma, algo tranquilo, salado, capaz de darme paz, esa que no encuentro cuanto mas la necesito.
Lo noto, está ahí, aunque me esté yendo por otro camino brevemente, esa intensidad que me mira, sigue ahí.
A veces la veo cerca, otras noto, como se encuentra más alejado. Tengo miedo, miedo de que no sea yo, por supuesto, y estoy agazapada esperando una señal clara de poder salir, y luchar por lo que quiero.
Porque, aunque sea de una manera leve, siento que le quiero. Ese cosquilleo, esa electricidad que me provoca.
Eso, no hay quien lo cambie, ni quien lo sustituya. Pero tampoco puedo luchar por tenerlo, si no vamos a llegar a ninguna parte.
sábado, 19 de marzo de 2011
Los 10 días de felicidad.
Son imposibles.
Por múltiples razones. No es un sentimiento que me agrade, pero a él parece que... le gusta estar conmigo.
No me siento bien. Con nadie. No tengo ganas de querer a nadie, de sonreír de repente, y ser todo lo feliz que puedo serlo.
Me siento vacía por dentro, como si hubiera perdido la única cosa importante. A menudo se me ocurre pensar que no es una broma. Tengo ganas de llorar, siempre. Raro es el día que no.
Estoy empezando a perder cosas que me importan de verdad. Me siento podrida, asqueada, no me gusto, y desde luego no soy capaz de sentir todo lo de antes.
Me pregunto si he sido yo sola la que ha decidido desintegrarse sola, si ha sido un cúmulo de cosas, si ha sido esta asquerosa carrera o que cojones ha sido.
No me gusto, no me siento, no tengo ganas de hacer nada, y me da igual en que ambiente esté pero no me siento bien.
Y menos en esas situaciones. Pero como les quiero, me lo callo. Y digo que estoy bien.
Por múltiples razones. No es un sentimiento que me agrade, pero a él parece que... le gusta estar conmigo.
No me siento bien. Con nadie. No tengo ganas de querer a nadie, de sonreír de repente, y ser todo lo feliz que puedo serlo.
Me siento vacía por dentro, como si hubiera perdido la única cosa importante. A menudo se me ocurre pensar que no es una broma. Tengo ganas de llorar, siempre. Raro es el día que no.
Estoy empezando a perder cosas que me importan de verdad. Me siento podrida, asqueada, no me gusto, y desde luego no soy capaz de sentir todo lo de antes.
Me pregunto si he sido yo sola la que ha decidido desintegrarse sola, si ha sido un cúmulo de cosas, si ha sido esta asquerosa carrera o que cojones ha sido.
No me gusto, no me siento, no tengo ganas de hacer nada, y me da igual en que ambiente esté pero no me siento bien.
Y menos en esas situaciones. Pero como les quiero, me lo callo. Y digo que estoy bien.
sábado, 22 de enero de 2011
Audrey y el número fi
Quizás esta carrera me está consumiendo el alma a una manera estrasensorial.
Quiero... Reconocer que necesito unas vacaciones largas... Extralargas... Hasta el punto de analizar el vuelo de una mosca a una altura de 2 metros del suelo.
Porque ya me es imposible pensar en otra cosa que no sean alturas, cosas concretas, inmediatas, a cuanto debe estar uan puerta, donde va una ventana, si esta abre a la francesa o es abatible.
Lineas, es lo único que consigo ver, líneas y más líneas.
Quiero mi mundo de sentimientos a flor de piel, donde todo era un maldito baile de máscaras, donde aparecía el rojo, el sofá rojo, donde las peleas de bolas de nieve eran tan ciertas como el aire que llegabamos a respirar.
Donde los besos eran tan solo escribir un beso... Donde todo es posible con un simple tecleo.
Hecho de menos lo que... de alguna manera, el momento en el que no me equivoqué. ¿Y si me equivoqué al principio y todo lo que vivimos es una sarta de maravillosas mentras?
Por otra parte, me encanta equivocarme, los huracanes en continuo movimiento son imposibles de encasillar, y a la vez fascinantes.
Fascinación, es practicamente todo lo que tengo ¿Sabes cual es el miedo? Mi miedo... es que se esfume la fascinación. Llegar y decir "no era para tanto" Hacer fiuuuuu en pocos términos y muy mal explicado.
Y por otro lado... No sentirse gafe. Por una vez en la vida, no sentirse gafe.
Quiero... Reconocer que necesito unas vacaciones largas... Extralargas... Hasta el punto de analizar el vuelo de una mosca a una altura de 2 metros del suelo.
Porque ya me es imposible pensar en otra cosa que no sean alturas, cosas concretas, inmediatas, a cuanto debe estar uan puerta, donde va una ventana, si esta abre a la francesa o es abatible.
Lineas, es lo único que consigo ver, líneas y más líneas.
Quiero mi mundo de sentimientos a flor de piel, donde todo era un maldito baile de máscaras, donde aparecía el rojo, el sofá rojo, donde las peleas de bolas de nieve eran tan ciertas como el aire que llegabamos a respirar.
Donde los besos eran tan solo escribir un beso... Donde todo es posible con un simple tecleo.
Hecho de menos lo que... de alguna manera, el momento en el que no me equivoqué. ¿Y si me equivoqué al principio y todo lo que vivimos es una sarta de maravillosas mentras?
Por otra parte, me encanta equivocarme, los huracanes en continuo movimiento son imposibles de encasillar, y a la vez fascinantes.
Fascinación, es practicamente todo lo que tengo ¿Sabes cual es el miedo? Mi miedo... es que se esfume la fascinación. Llegar y decir "no era para tanto" Hacer fiuuuuu en pocos términos y muy mal explicado.
Y por otro lado... No sentirse gafe. Por una vez en la vida, no sentirse gafe.
domingo, 9 de enero de 2011
Son las doce y veinte...
Del 10 de enero del 2011.
No pretendo empezar a usar este blog como un diario, a pesar de que ya lo esté haciendo de una manera encriptada.
Hoy, hoy tengo miedo. A esta hora, y en este día, a 96 horas de mi catástrofica prueba como aspirante a arquitecto no puedo hacer otra cosa que desvanecerme en esta página blanca y azul.
Si, tendría que estar con un lápiz y una goma en las manos, emborronando una lámina que no pasará del cuatro, siendo muy generosos conmigo mis amables profesores.
Esto... realmente es lo que quiero, si. Pero el nerviosismo me abruma enormemente con esta cuenta atrás para mi exámen de introducción que tanto temo, y para el que el libro se ha quedado cerrado. Con plan de estrenarlo mañana, por supuesto.
Tengo miedo, claro está, porque pensamos en todas las notas posibles por debajo del cinco.
Es obvio, hemos empezado una nueva etapa, y a cada paso que damos, cada avance que nos indica que estamos arriesgando por tener la formación necesaria y salir adelante cuando nos encontremos solos; nos parece que estamos más lejos de cuando, de pequeños, jugabamos a aprender a leer y a escribir. Estamos arriesgando, y como arriesgamos, tenemos el problema de fallar.
No hace mucho, me caí patinando. Con mis tíos. Mi tío insistía en que ponía cara extraña, porque aquel día no podría decir que no me había caído ni una sola vez. En realidad, me estaba agobiando pensando en lo que tenía que hacer al volver a casa.
Hablas, y hablas de todo lo que estudias. Cierras los ojos, y aparecen lineas, letras impresas, muchísimos apuntes. Aparece lo que te agobia.
Respira. Respirad todos. Esto solo sirve de aliento. Seremos arquitectos, médicos, arqueologos, empresarios, profesores, filólogos, seremos todo cuanto queramos ser, porque somos capaces. Todavía más si somos capaces de no caer.
Escucha, es un aliento. Estudia lo que puedas, y esfuérzate, porque al menos, te habrás esforzado. Hazlo, y no habrá ningún problema.
Es la una y cuarto del 10 de enero. A cuatro días del desastre. Y tras mi breve pausa escribiendo, vuelvo al trabajo con fuerzas. Porque al menos yo, sé que puedo superarlo.
Así que tú, que eres mejor que yo, en todos los aspectos, puedes, todavía mejor.
Seas quien seas, claro.
No pretendo empezar a usar este blog como un diario, a pesar de que ya lo esté haciendo de una manera encriptada.
Hoy, hoy tengo miedo. A esta hora, y en este día, a 96 horas de mi catástrofica prueba como aspirante a arquitecto no puedo hacer otra cosa que desvanecerme en esta página blanca y azul.
Si, tendría que estar con un lápiz y una goma en las manos, emborronando una lámina que no pasará del cuatro, siendo muy generosos conmigo mis amables profesores.
Esto... realmente es lo que quiero, si. Pero el nerviosismo me abruma enormemente con esta cuenta atrás para mi exámen de introducción que tanto temo, y para el que el libro se ha quedado cerrado. Con plan de estrenarlo mañana, por supuesto.
Tengo miedo, claro está, porque pensamos en todas las notas posibles por debajo del cinco.
Es obvio, hemos empezado una nueva etapa, y a cada paso que damos, cada avance que nos indica que estamos arriesgando por tener la formación necesaria y salir adelante cuando nos encontremos solos; nos parece que estamos más lejos de cuando, de pequeños, jugabamos a aprender a leer y a escribir. Estamos arriesgando, y como arriesgamos, tenemos el problema de fallar.
No hace mucho, me caí patinando. Con mis tíos. Mi tío insistía en que ponía cara extraña, porque aquel día no podría decir que no me había caído ni una sola vez. En realidad, me estaba agobiando pensando en lo que tenía que hacer al volver a casa.
Hablas, y hablas de todo lo que estudias. Cierras los ojos, y aparecen lineas, letras impresas, muchísimos apuntes. Aparece lo que te agobia.
Respira. Respirad todos. Esto solo sirve de aliento. Seremos arquitectos, médicos, arqueologos, empresarios, profesores, filólogos, seremos todo cuanto queramos ser, porque somos capaces. Todavía más si somos capaces de no caer.
Escucha, es un aliento. Estudia lo que puedas, y esfuérzate, porque al menos, te habrás esforzado. Hazlo, y no habrá ningún problema.
Es la una y cuarto del 10 de enero. A cuatro días del desastre. Y tras mi breve pausa escribiendo, vuelvo al trabajo con fuerzas. Porque al menos yo, sé que puedo superarlo.
Así que tú, que eres mejor que yo, en todos los aspectos, puedes, todavía mejor.
Seas quien seas, claro.
lunes, 27 de diciembre de 2010
He vuelto a soñar
Volví a soñar con ese lugar. Ese sitio que se parece tan extrañamente a la zona del centro de mi ciudad, pero no lo es.
He vuelto a soñar otra vez con esa pista de skate, donde se hacen competiciones urbanas sin importar las normas. En esa rampa en forma de U, donde chicos con camisetas de baloncesto y pantalones holgados, que siempre llevan las gorras hacia atrás y dejan ver sus rastas o sus cortes de pelos asimétricos nunca estoy sola.
Siempre me acompañan los dos de siempre. Y siempre dos. La competición termina y el ganador recoge su tabla nueva de skate como premio. Es momento de volver. Volvemos solo dos, tú y yo, no sé porqué siempre dejamos al tercero atrás.
Caminamos por las calles. El suelo es irregular, de adoquines cuadrados pequeños, en color marrón piedra. Las paredes de los edificios de la zona también son de ese color marrón, pero son planchas de piedra lisas.
Seguimos el habitual recorrido entre calles estrechas, transitadas por millones de personas, mientras charlamos sobre realmente nada, porque en mi sueño nunca se oye más que una o dos palabras sueltas.
Nuestros pasos nos dirigen a una plaza, una plaza pequeña. Y entonces como siempre, me recuerdas que no entre en el bar que se ve a la esquina, que entra gente muy extraña, que no son buenas compañias, que podría pasarme algo malo si me encuentran sola.
Por espacio de cinco minutos mi sueño enfoca lo que mis ojos ven. Van mirando al suelo, contando el número de adoquines que piso y, al levantar la vista, ya no estás.
Pero no me pongo nerviosa, ni me extraño. Ya he estado más veces en ese sueño, sé que siemrpe desapareces de repente, y nunca recuerdo si luego vuelves.
Sigo caminando sola. No me importa a donde me guío, porque en el sueño siempre sé a donde voy. Paso tras paso voy esquivando a los tumultos de gente que siempre caminan en dirección contraria a la mía. Excepto tú, todo el mundo camina en dirección contraria a la mia.
Y entonces los veo. Frente a la gente, que camina de manera monótona, que no hablan entre ellos, que solo se dirigen a un lugar, vestidos con túnicas negras, detalle en el que siempre me fijo en este momento, porque hasta entonces nunca lo había advertido; se aparecen cuatro personas, vestidas como si hubieran salido de una obra de teatro pintoresca: son tres hombres y una mujer, aunque quizás deberí decirlo al revés por la mujer siempre va a la izquierda. Es gorda, lleva el pelo verde, una nariz carácterística de una bruja, con verruga incluida y lleva a cuestas una escoba. El vestido combina con el pelo: es blanco y tiene manchas verdes.
Siempre me fijo detalladamente en la mujer, y no en los otros tres, aún así soy capaz de decir que cada uno va de los colores del parchis: verde, rojo, amarillo y azul y que los colores proceden de las pelucas que llevan.
Inmediatamente me doy cuenta de que salen del bar que siempre me prohibe visitar mi acompañante en una mitad del sueño. Posteriormente caigo en el detalle de que él no está conmigo, y aunque haya más gente en la calle, mucha más, estoy sola. Y esa era otra de las prohibiciones: "Que no te vean sola".
Empiezo a correr, desesperada por perderlos de vista. Me meto por calles que no conozco en las que cada vez hay menos gente, esperando que, por favor, no me hayan visto y me hayan seguido o será mi fin. Lo que quiera que signifique fin en este sueño.
La angustia aprisiona mi pecho mientras mis piernas se niegan a parar, y mi cabeza, como si tuviera un tic nervioso imposible de detener, se gira cada cinco segundos para verificar que, efectivamente, no me siguen.
Y por fin un lugar que si conozco. Conozco ahora, esta última vez que soñé. Ese suelo... Poca gente. Pero lo característico de esa calle, es la elevación en al parte derecha del camino, como una acera elevada exageradamente, que para transitar por ella es necesario subir escaleras.
Esa calle, la recorrí mil veces, y una más. Muchas en sueños, pero muchas en la realidad. Esa calle es de Santiago. En esa calle está esa facultad. Y me doy cuenta ahora.
Cojo el teléfono. Sé que estoy a salvo, y que ya no me van a perseguir, porque estoy alejada del corazón de la ciudad, ya no hay gente.
Marco. por tercera vez, lo único que cambia es mi teléfono móvil, que se adapta al que tengo en la actualidad en la que sueño. Empieza a sonar...
Al otro lado se escucha una voz, una voz tranquilizante de la que solo puedo oir un heeey, y mi respiración entrecortada.
Porque de repente, y sin previo aviso, abro mis ojos y un panda de peluche me mira con los suyos, grandes esperando un abrazo que lo haga saltar. Estoy en mi habitación, y siempre todo es un sueño.
Pero nunca entiendo más que la última parte. ¿Es, entonces, Santiago? ¿Por qué desaparecen los personajes a mitad de escena? ¿Quiene sson esos cuatro y por qué escapo de ellos? ¿Por qué marco el teéfono?
Pero... lo que es más importante: ¿Por qué sueño esto cada cierto tiempo, y el resultado sigue siendo el mismo?
He vuelto a soñar otra vez con esa pista de skate, donde se hacen competiciones urbanas sin importar las normas. En esa rampa en forma de U, donde chicos con camisetas de baloncesto y pantalones holgados, que siempre llevan las gorras hacia atrás y dejan ver sus rastas o sus cortes de pelos asimétricos nunca estoy sola.
Siempre me acompañan los dos de siempre. Y siempre dos. La competición termina y el ganador recoge su tabla nueva de skate como premio. Es momento de volver. Volvemos solo dos, tú y yo, no sé porqué siempre dejamos al tercero atrás.
Caminamos por las calles. El suelo es irregular, de adoquines cuadrados pequeños, en color marrón piedra. Las paredes de los edificios de la zona también son de ese color marrón, pero son planchas de piedra lisas.
Seguimos el habitual recorrido entre calles estrechas, transitadas por millones de personas, mientras charlamos sobre realmente nada, porque en mi sueño nunca se oye más que una o dos palabras sueltas.
Nuestros pasos nos dirigen a una plaza, una plaza pequeña. Y entonces como siempre, me recuerdas que no entre en el bar que se ve a la esquina, que entra gente muy extraña, que no son buenas compañias, que podría pasarme algo malo si me encuentran sola.
Por espacio de cinco minutos mi sueño enfoca lo que mis ojos ven. Van mirando al suelo, contando el número de adoquines que piso y, al levantar la vista, ya no estás.
Pero no me pongo nerviosa, ni me extraño. Ya he estado más veces en ese sueño, sé que siemrpe desapareces de repente, y nunca recuerdo si luego vuelves.
Sigo caminando sola. No me importa a donde me guío, porque en el sueño siempre sé a donde voy. Paso tras paso voy esquivando a los tumultos de gente que siempre caminan en dirección contraria a la mía. Excepto tú, todo el mundo camina en dirección contraria a la mia.
Y entonces los veo. Frente a la gente, que camina de manera monótona, que no hablan entre ellos, que solo se dirigen a un lugar, vestidos con túnicas negras, detalle en el que siempre me fijo en este momento, porque hasta entonces nunca lo había advertido; se aparecen cuatro personas, vestidas como si hubieran salido de una obra de teatro pintoresca: son tres hombres y una mujer, aunque quizás deberí decirlo al revés por la mujer siempre va a la izquierda. Es gorda, lleva el pelo verde, una nariz carácterística de una bruja, con verruga incluida y lleva a cuestas una escoba. El vestido combina con el pelo: es blanco y tiene manchas verdes.
Siempre me fijo detalladamente en la mujer, y no en los otros tres, aún así soy capaz de decir que cada uno va de los colores del parchis: verde, rojo, amarillo y azul y que los colores proceden de las pelucas que llevan.
Inmediatamente me doy cuenta de que salen del bar que siempre me prohibe visitar mi acompañante en una mitad del sueño. Posteriormente caigo en el detalle de que él no está conmigo, y aunque haya más gente en la calle, mucha más, estoy sola. Y esa era otra de las prohibiciones: "Que no te vean sola".
Empiezo a correr, desesperada por perderlos de vista. Me meto por calles que no conozco en las que cada vez hay menos gente, esperando que, por favor, no me hayan visto y me hayan seguido o será mi fin. Lo que quiera que signifique fin en este sueño.
La angustia aprisiona mi pecho mientras mis piernas se niegan a parar, y mi cabeza, como si tuviera un tic nervioso imposible de detener, se gira cada cinco segundos para verificar que, efectivamente, no me siguen.
Y por fin un lugar que si conozco. Conozco ahora, esta última vez que soñé. Ese suelo... Poca gente. Pero lo característico de esa calle, es la elevación en al parte derecha del camino, como una acera elevada exageradamente, que para transitar por ella es necesario subir escaleras.
Esa calle, la recorrí mil veces, y una más. Muchas en sueños, pero muchas en la realidad. Esa calle es de Santiago. En esa calle está esa facultad. Y me doy cuenta ahora.
Cojo el teléfono. Sé que estoy a salvo, y que ya no me van a perseguir, porque estoy alejada del corazón de la ciudad, ya no hay gente.
Marco. por tercera vez, lo único que cambia es mi teléfono móvil, que se adapta al que tengo en la actualidad en la que sueño. Empieza a sonar...
Al otro lado se escucha una voz, una voz tranquilizante de la que solo puedo oir un heeey, y mi respiración entrecortada.
Porque de repente, y sin previo aviso, abro mis ojos y un panda de peluche me mira con los suyos, grandes esperando un abrazo que lo haga saltar. Estoy en mi habitación, y siempre todo es un sueño.
Pero nunca entiendo más que la última parte. ¿Es, entonces, Santiago? ¿Por qué desaparecen los personajes a mitad de escena? ¿Quiene sson esos cuatro y por qué escapo de ellos? ¿Por qué marco el teéfono?
Pero... lo que es más importante: ¿Por qué sueño esto cada cierto tiempo, y el resultado sigue siendo el mismo?
viernes, 24 de diciembre de 2010
Tin, tin, tin...
Campanilla.
De algún modo, sabía que no podría escribir esto hasta que le encontrara una sensación lógica a la que pegarlo, adherirlo, relacionarlo con...
Durante dos días viví asustada dentro de una habitación a oscuras donde los recuerdos me abrumaban, y solo conseguía verlos borrosos. Me sentía asustada, medio engañada, y totalmente fuera de lugar.
Fue en ese momento cuando descubrí que tenía un rincón secreto, un lugar al que nadie puede acceder, un rincón donde podía pensar sin miedo a ser descubierta.
Estaba asustada... Asustada de mis descubrimientos, asustada de como poco a poco una de las luces de dentro se fundía dejando un hueco negro, un agujero negro. Sostuve entre mis manos esa pequeña lucecita, mientras iba perdiendo intensidad y color, hasta volverse una pelota.
Cada vez que pienso en esa sensación me angustio y noto una presión en el pecho, como cuando quieres llorar. Lloré, claro que lloré, como llora por una pérdida importante.
Pero... Al fin y al cabo lloras por miedo. Por miedo a verte sola, a ver que todo sigue, avanza, pero falta algo, continuar con hueco que sabes que, esta vez no se puede cambiar, porque nadie te volverá a tener como amiga A', porque sabes que es una cosa única, que no existe en otro sitio.
Porque Sherlock Holmes, había desaparecido, se había dormido y no se pronunciaba, y los recuerdos, solo eran eso recuerdos, abrumados por la sombra del presente.
Pero... Siempre hay un pero.
Era mucho más fácil que ponerse a pensar en todo aquello, en todo lo que fue pasado ¡Qué más daba aquello, si no se iba a repetir, y no servía de nada contra el nudo en la garganta que te advertía que volvería a llorar!
Pero era mucho más fácil, era crear un nuevo recuerdo, una nueva conveersación que me verificara, que repitiera mil veces en mi cabeza que, por mucho del pasado, el presente no había cambiado. Era un piano. Era notar una melodía y era ver que esa, y solo esa es la razón.
El eje... La música, y siempre la música. Volvieron millones de frases, volvió el Carpe Diem, volvieron las tardes y noches de pregunta y de conversaciones idiotas que no tienen otro objetivo de hacerme reir durante horas.
Volvió tu sonrisa, y esa sensación de calidez cuando te abrazas. Volvió el andén, y la mierda de domingo, pero el genial viernes... Volvieron días, semanas. Volvió la nieve.
Y volvió... volvió.... volvió el dorado. Es lo que importa.
De algún modo, sabía que no podría escribir esto hasta que le encontrara una sensación lógica a la que pegarlo, adherirlo, relacionarlo con...
Durante dos días viví asustada dentro de una habitación a oscuras donde los recuerdos me abrumaban, y solo conseguía verlos borrosos. Me sentía asustada, medio engañada, y totalmente fuera de lugar.
Fue en ese momento cuando descubrí que tenía un rincón secreto, un lugar al que nadie puede acceder, un rincón donde podía pensar sin miedo a ser descubierta.
Estaba asustada... Asustada de mis descubrimientos, asustada de como poco a poco una de las luces de dentro se fundía dejando un hueco negro, un agujero negro. Sostuve entre mis manos esa pequeña lucecita, mientras iba perdiendo intensidad y color, hasta volverse una pelota.
Cada vez que pienso en esa sensación me angustio y noto una presión en el pecho, como cuando quieres llorar. Lloré, claro que lloré, como llora por una pérdida importante.
Pero... Al fin y al cabo lloras por miedo. Por miedo a verte sola, a ver que todo sigue, avanza, pero falta algo, continuar con hueco que sabes que, esta vez no se puede cambiar, porque nadie te volverá a tener como amiga A', porque sabes que es una cosa única, que no existe en otro sitio.
Porque Sherlock Holmes, había desaparecido, se había dormido y no se pronunciaba, y los recuerdos, solo eran eso recuerdos, abrumados por la sombra del presente.
Pero... Siempre hay un pero.
Era mucho más fácil que ponerse a pensar en todo aquello, en todo lo que fue pasado ¡Qué más daba aquello, si no se iba a repetir, y no servía de nada contra el nudo en la garganta que te advertía que volvería a llorar!
Pero era mucho más fácil, era crear un nuevo recuerdo, una nueva conveersación que me verificara, que repitiera mil veces en mi cabeza que, por mucho del pasado, el presente no había cambiado. Era un piano. Era notar una melodía y era ver que esa, y solo esa es la razón.
El eje... La música, y siempre la música. Volvieron millones de frases, volvió el Carpe Diem, volvieron las tardes y noches de pregunta y de conversaciones idiotas que no tienen otro objetivo de hacerme reir durante horas.
Volvió tu sonrisa, y esa sensación de calidez cuando te abrazas. Volvió el andén, y la mierda de domingo, pero el genial viernes... Volvieron días, semanas. Volvió la nieve.
Y volvió... volvió.... volvió el dorado. Es lo que importa.
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