Ayer fue domingo. No en el sentido especial de la palabra, cuando piensas que el mundo se te viene encima por el total aburrimiento que experimentas.
Lo cierto es que sí estaba aburrida, pero en lugar de coger la depresión de rigor, ponerme la “chaqueta de los domingos” que ayer se encontraba a una buena distancia de mí y ya sabes, lo de siempre, coger mi música, mi guitarra, tocar, cantar, sentirme flotar por encima de toda la vida, de la realidad. Soy mucho de eso, creo que lo sabes. Pero no, ayer no podía hacer nada de eso. Estoy en un lugar… donde conseguí internet el primer día y me puso eufórica, pero después perdí la conexión con el resto del mundo. Estoy en un lugar donde paso el día en la playa sin mucho más acompañamiento que mis primas pequeñas y cada año que vengo espero a que la mayor de ellas empiece a tener mi conciencia y mi mente, cosa que empiezo a catalogar como imposible. Y con la playa se desvanece la posibilidad de chaqueta y guitarra y canciones y todo. Lo más próximo sería el agua, con esa sensación envolvente, pero con lo fría que estaba ayer no me dio más tiempo que a darme un baño refrescante y volver a mi confortable toalla.
Fue en ese momento cuando recordé la inocencia de ser pequeña, y como acaba destruyéndose por la estupidez de algunos. Me descubrí echando de menos a una sombra, una sombra que siempre estaba en domingo y a la que siempre quise acercarme. Cuando éramos tan pequeños, nos llevábamos tan bien… Pero los adultos, los adultos son una especie a parte, incapaces de ver que una amistad tiene mucho de frágil. Por ser tú Rubén y yo Lucía, en definitiva por ser chico y chica y no amigos del mismo sexo como cabe esperar en las amistades de entre 12 y 16 años(al menos en mente de los adultos, siempre una mente TAN convencional), la madurez de los aproximados 40 años dio con la ocurrencia del noviazgo, y no paró hasta conseguir alejarnos, tú por timidez a que tu madre metiera baza en nuestra relación de amistad abriendo la boca para cubrirla de fantasías inapropiadas y yo por la poca gracia que todo aquello me hacía, viendo ya desde tan temprano como se deterioraba aquel hilo que habíamos tejido.
A medida que te ibas alejando yo no podía hacer más que recordar el día que te quedaste a dormir en casa de mi tía y yo iba a comer con ellos. Oía el ruido de la ducha, y cuando me dijeron que eras tú… Esperé con tranquilidad, con una de las perritas de mi tía en mi regazo y cuando noté que ibas a salir la puse en el suelo delante de la puerta. Saliste y te agachaste para recogerla, confiando en que la perrita había esperado para verte a ti. Y entonces salí yo, gritando ¡buuu!, consiguiendo asustarte. Casi sueltas la toalla que te tapaba, pero aún así, mirando primero por el pasillo por si mi tía espiaba, me abrazaste mientras me decías que esperara fuera mientras te vestías.
Lo cierto es que echo de menos aquellos días, veranos, esperaba a que fuera domingo solo para verte y sentir que había alguien aproximadamente de mi edad, que jugara conmigo. Y al principio no me hacía gracia ¿Te acuerdas cuando me ponía en la orilla con los pies orientados mar adentro? Nadabas con sigilo hasta conseguir agarrar mis tobillos y tirar de mí hasta llevarme a donde no daba pie. Sabías que gritaría, porque no sabía nadar, pero lo tenías todo controlado: en cuanto me sentía insegura tirabas de mí, hasta abrazarme y sujetarme bien, de manera que sabía que estaba a salvo.
No paro de pensar en que de aquella a veces pensaba que sí había algo más, o en su defecto, habríamos llegado a ser muy buenos amigos, en que habría tenido ganas de ir todo el verano, por verte.
Nadie sabe que pasó de verdad, quizás fueron ellos, quizás fue el crecer, o tus compañías. La última vez que te vi habías hecho un examen para entrar en la guardia civil, tu madre estaba muy emocionada, y ya adivinando me habías dicho al oído disimuladamente “xa che contará miña nai” mientras nos saludábamos de manera educada. Quise que entraras, en serio. Sabía que tanto tu madre como tu padre como tu hermano trabajaban en la fábrica de conservas, de la que mi tío, un hombre casi de negocios, de caprichos caros, cuyos descendientes replican de la pijería de Coruña sin tener idea del mundo, era el director, el mandamás. Tenía muy claro que ese no era tu sueño, sabía que querías escapar, que ser de la autoridad, guardando un edificio, siendo guardia civil, trabajando en la policía, escapabas de las garras de la tradición familiar que tan poco te gustaba, bueno simplemente no te hacía gracia, eso era todo.
No pudiste, las fauces de aquella fábrica acabaron atrapándote, y me hablaban de ti como si fueras la mejor opción para mí y para mi futuro, como un triunfador de la vida, salvador de esa familia. Ahora ni siquiera te nombran, como mucho mi prima la pequeña, por hacerme saber un poco de ti, del pasado de ti, de cuando aquella patada inocente por debajo de la mesa en su comunión. Quería que me sacaras a bailar, claro, porque eras el único de mi edad, pero mi tía ya se encargó de manifestar la opción en alto, y ya no quisiste.
No te nombran, porque ahora piensan que ya no eres lo suficientemente bueno, que no me merezco a alguien así. Ni como amigo ni como nada más.
Los adultos son así, ESOS adultos son así, dan asco, tiene prejuicios y son separativos. Me daba absolutamente igual que fueras un chico, un hombre, que trabajes, que seas peón en una fábrica o si eres guardia civil, que sigas viniendo todos los días con mis tíos o que vengas solo los domingos con tu hermano para ir todos en la lancha. Es que me daba igual, pero parece que cuantos más años tengas más razón tienes. Y eso, siento decir, mueve mucho más que toda la inocencia que podamos juntar entre los dos, aunque ahora ya es demasiado tarde.
Tenlo claro...
La primera vez que traspasó aquella puerta, apenas alcanzaba el metro de estatura. Se quedó en el umbral, aspirando el aroma a magia que desprendía aquella casa. La estancia estaba en penumbra, iluminada únicamente con una luz anaranjada, sin fuente aparente, al menos el pequeño no sabía de donde venía.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
sábado, 31 de julio de 2010
viernes, 30 de abril de 2010
Si te digo que te quiero
Es hora de renovarse, de tentar a la suerte y dejar fluir palabras más claras, más importantes y adultas, es hora de crecer en el sentido literario. Sin fallos, ni faltas.
Analizando la situación todo aquello que dije en un principio no es cierto ¿Cómo podría ser cierto? Es la primera vez que hablo de esto. Al menos contigo.
El amor, el amor es esa sensación que hace que te sientas vivo, alegre, cálido y totalmente en las nubes. Te tomas la vida con filosofía, nada te puede salir mal, todo te arranca una sonrisa.
Claro que, ¿Solo el amor nos puede mantener en ese estado de éxtasis, de anestesia permanente, como si fueramos agua, que fluye, libre? Ese es el problema del amor, creemos que es todo lo que necesitamos para vivir, me refiero, las mujeres.
Nunca sentí esa falta de cariño, siempre he sido bastante propensa a pensar que el amor llegaría con los años, y que no debía preocuparme, que simplemente era la creación de un sentimiento, algo que lleva tiempo, tiempo porque tiende a la perfección y eso lleva esfuerzo. Quien quiera que esté ahí, escúchame: ese vacío lo hice yo, yo construí un hueco en mi corazón, para eliminar el fracaso otra vez. Si, a mi tampoco me salió nucna como creía que me iba a salir.
Se llama idealizar, y es una cualidad humana que nos incita a desarrollar en algo o en alguien la mejor opción para nosotros, lo "perfecto". Pero nadie es perfecto, por mucho que nos empeñemos en que exista algo que si lo sea.... ¿Por qué si no tendríamos la idea de perfecto en la cabeza? Nos planteaba Descartes, como uno de los argumentos claros de la existencia de Dios. Permítame señor filósofo decirle que la duda metódica no sirve en estos casos, que la mente ha evolucionado y que en vez de utilizar su método nos hemos dedicado a seguir a Marx y apostar porque el ser humano se dedica al trabajo, obviando las situaciones pensantes, en las que deducimos partes del mundo, de nuestra mente, del pensamiento humano y de cómo hemos llegado hasta aquí.
Soy una incompredida de mi tiempo, soy una mente de adulto encerrada en el cuerpo de una niña de 17 años, casi 18, rozando la mayoría de edad, como si en mi se intentase corroborar la teoria de la reminiscencia de Platón.
Es curioso, este blog nunca será conocido, es un blog entre filosófico y de ideología, que empieza con un tema y sin resolverlo, lleva a otro. O eso aparenta, seguimos con el análisis de la mente humana ¿Por qué a estas edades nos interesamos tan poco por la filosofía y por cómo funcionamos? Técnicamente somos casi adultos, deberíamos fomentar nuestra madurez, pero es el amor lo que nos hace volvernos insensatos, lo que nos hace cerrar los ojos a otras posibilidades de pensamiento.
Para mí el amor es olor a chocolate, sensación de vivir, pero es algo que nunca alcanzaré, nadie me busca como fin último de su existencia, no con esa intención. Mi mente grita, no para de gritar, que me aleje de ese sentimiento, que existen cosas más importantes, alarmantes, que el uso de la razón en el amor, es una capacidad que todavía no tengo, que debo esperar para no salir lastimada, de nuevo. En dos situaciones me revelé contra mi cerebro, y no le hice caso, y terminé fundiéndome durante un tiempo en la soledad ¿Cómo salir de esa asociación entre amor y dolor que Salinas presenta en La voz a ti debida? No en la gente, si te buscan, no en tu nombre si te llaman, o algo así. Quizás es si te nombran, en un intento de redundancia.
Tendría que aparacer alguien que consiguiera alejar ese dolor del amor, alguien que me provocara sentirme en las nubes, alguien que me ayude a sentir la sensación de flotar. Perdona, está siendo un monólogo, cuando a esto se le debería llamar conversación.
-No, simplemente no me gusta interrumpir tus deducciones en alto, me gusta seguirlas, también me hacen reflexionar. Si te digo que te quiero ¿Cambiaría tu opinión del amor? Y deja a Descartes, Platón y Salinas, que aunque no es filósofo, sabía de tema; fuera de tu respuesta y tu razonamiento lógico. El amor no es lógica, no es números, ni matemáticas, simplemente ocurre y no ocurre siempre en la smismas circunstancias, ni siempre es la misma situación, ni relación. No es como sumar dos más dos, no es así de simple. Es un juego complicado, de esos que te gustan.
-Pero es complicado, y eso implica que hay errores, fallos, está incompleto y nos lleva a error como...
-Nada de hablar de Hume y su teoría costumbrista. El amor, es amor y punto. No tienen ciencia, no tiene pensamiento, solo es dejarse llevar, y es lo que le falta a esa cabeza, eliminar el miedo a alejarse de la razon y vivir con el corazón.
-Si me besas....
-Lo haré, pero primero debes prometerme que ni Descartes, ni Hume, ni Platón, ni ningún filósofo en toda la historia de la humanidad, excepto tú estará en esa cabeza cuando lo haga.
- Si me besas, lo único que habrá en mi cabeza, serás tú.
-Eso... Es el amor.
Analizando la situación todo aquello que dije en un principio no es cierto ¿Cómo podría ser cierto? Es la primera vez que hablo de esto. Al menos contigo.
El amor, el amor es esa sensación que hace que te sientas vivo, alegre, cálido y totalmente en las nubes. Te tomas la vida con filosofía, nada te puede salir mal, todo te arranca una sonrisa.
Claro que, ¿Solo el amor nos puede mantener en ese estado de éxtasis, de anestesia permanente, como si fueramos agua, que fluye, libre? Ese es el problema del amor, creemos que es todo lo que necesitamos para vivir, me refiero, las mujeres.
Nunca sentí esa falta de cariño, siempre he sido bastante propensa a pensar que el amor llegaría con los años, y que no debía preocuparme, que simplemente era la creación de un sentimiento, algo que lleva tiempo, tiempo porque tiende a la perfección y eso lleva esfuerzo. Quien quiera que esté ahí, escúchame: ese vacío lo hice yo, yo construí un hueco en mi corazón, para eliminar el fracaso otra vez. Si, a mi tampoco me salió nucna como creía que me iba a salir.
Se llama idealizar, y es una cualidad humana que nos incita a desarrollar en algo o en alguien la mejor opción para nosotros, lo "perfecto". Pero nadie es perfecto, por mucho que nos empeñemos en que exista algo que si lo sea.... ¿Por qué si no tendríamos la idea de perfecto en la cabeza? Nos planteaba Descartes, como uno de los argumentos claros de la existencia de Dios. Permítame señor filósofo decirle que la duda metódica no sirve en estos casos, que la mente ha evolucionado y que en vez de utilizar su método nos hemos dedicado a seguir a Marx y apostar porque el ser humano se dedica al trabajo, obviando las situaciones pensantes, en las que deducimos partes del mundo, de nuestra mente, del pensamiento humano y de cómo hemos llegado hasta aquí.
Soy una incompredida de mi tiempo, soy una mente de adulto encerrada en el cuerpo de una niña de 17 años, casi 18, rozando la mayoría de edad, como si en mi se intentase corroborar la teoria de la reminiscencia de Platón.
Es curioso, este blog nunca será conocido, es un blog entre filosófico y de ideología, que empieza con un tema y sin resolverlo, lleva a otro. O eso aparenta, seguimos con el análisis de la mente humana ¿Por qué a estas edades nos interesamos tan poco por la filosofía y por cómo funcionamos? Técnicamente somos casi adultos, deberíamos fomentar nuestra madurez, pero es el amor lo que nos hace volvernos insensatos, lo que nos hace cerrar los ojos a otras posibilidades de pensamiento.
Para mí el amor es olor a chocolate, sensación de vivir, pero es algo que nunca alcanzaré, nadie me busca como fin último de su existencia, no con esa intención. Mi mente grita, no para de gritar, que me aleje de ese sentimiento, que existen cosas más importantes, alarmantes, que el uso de la razón en el amor, es una capacidad que todavía no tengo, que debo esperar para no salir lastimada, de nuevo. En dos situaciones me revelé contra mi cerebro, y no le hice caso, y terminé fundiéndome durante un tiempo en la soledad ¿Cómo salir de esa asociación entre amor y dolor que Salinas presenta en La voz a ti debida? No en la gente, si te buscan, no en tu nombre si te llaman, o algo así. Quizás es si te nombran, en un intento de redundancia.
Tendría que aparacer alguien que consiguiera alejar ese dolor del amor, alguien que me provocara sentirme en las nubes, alguien que me ayude a sentir la sensación de flotar. Perdona, está siendo un monólogo, cuando a esto se le debería llamar conversación.
-No, simplemente no me gusta interrumpir tus deducciones en alto, me gusta seguirlas, también me hacen reflexionar. Si te digo que te quiero ¿Cambiaría tu opinión del amor? Y deja a Descartes, Platón y Salinas, que aunque no es filósofo, sabía de tema; fuera de tu respuesta y tu razonamiento lógico. El amor no es lógica, no es números, ni matemáticas, simplemente ocurre y no ocurre siempre en la smismas circunstancias, ni siempre es la misma situación, ni relación. No es como sumar dos más dos, no es así de simple. Es un juego complicado, de esos que te gustan.
-Pero es complicado, y eso implica que hay errores, fallos, está incompleto y nos lleva a error como...
-Nada de hablar de Hume y su teoría costumbrista. El amor, es amor y punto. No tienen ciencia, no tiene pensamiento, solo es dejarse llevar, y es lo que le falta a esa cabeza, eliminar el miedo a alejarse de la razon y vivir con el corazón.
-Si me besas....
-Lo haré, pero primero debes prometerme que ni Descartes, ni Hume, ni Platón, ni ningún filósofo en toda la historia de la humanidad, excepto tú estará en esa cabeza cuando lo haga.
- Si me besas, lo único que habrá en mi cabeza, serás tú.
-Eso... Es el amor.
domingo, 11 de abril de 2010
La sombra...
Nada te conté de aquello. Nunca, cielo. Estoy cansada de ocultarselo todo a Elle. Estoy cansada de rezar al cielo, cariño.
Elle necesita a su padre, y yo no sé donde estás. No quiero que odie a quien le dio la vida en parte, pero ya no sé que decirle para que entienda que lo hiciste por nuestro bien.
Me estoy haciendo vieja, ya no tengo las mismas facultades como en aquella conversación bajo la nieve, ya no somos los mismos, pero yo sigo necesitándote, sigo precisando ese aire que impedía que me ahogara.
Yo... Quisiera pensar que te fuiste tal y como dijiste, y que no me mintieras cuando depositaste el último beso sobre mis labios y me prometiste que volverías porque me querías.
Esperé, te esperé durante años pero aún no has vuelto. Yo... Quisiera decir que hice lo que me dijiste, que me hice fuerte por las dos, y que guié a Elle para que se convirtiera en una chica tan lista como su madre, sagaz, sediente de dudas. No lo conseguí, lo siento, pero no fui capaz.
Elle creció dentro de un ambiente alocado y desobediente, donde reinaba el caos y el odio. Se revolvía entre la bondad y el cariño, intentaba escapar de todo aquello. Pasaba noches fuera, y cuando volvía ni se molestaba en dar explicaciones, yo tampoco se las pedía.
Nunca le expliqué porque la llamamos Isabelle y sin embargo usabamos siempre el diminutivo Elle, ella... Ella... Esperaba que algún día se acercara a la biblioteca para averiguarlo. Me siento perdida, sin salida.
Creo que... Creo que nunca podré perdonarme haberte dejado marchar, pero aquellos ojos que yo dibujaba a través de los cristales oscuros de tus gafas, aquellos ojos que imitaban la miel aquellos que me observaban a mi y a nuestra pequeña Elle mientras se alejaban en el caluroso verano me dejaron incapacitada para decir simplemente te quiero y resignarme, anestesiada por tu candidez, a dejarte marchar.
Hoy la dejaré sola, espero que puedas perdonarme. Pero yo no puedo enseñarle nada más, y tú no estás aqui para verme marchar esta vez. Lo siento, de verdad lo siento.
Me voy con el rumor ...del viento.
Elle necesita a su padre, y yo no sé donde estás. No quiero que odie a quien le dio la vida en parte, pero ya no sé que decirle para que entienda que lo hiciste por nuestro bien.
Me estoy haciendo vieja, ya no tengo las mismas facultades como en aquella conversación bajo la nieve, ya no somos los mismos, pero yo sigo necesitándote, sigo precisando ese aire que impedía que me ahogara.
Yo... Quisiera pensar que te fuiste tal y como dijiste, y que no me mintieras cuando depositaste el último beso sobre mis labios y me prometiste que volverías porque me querías.
Esperé, te esperé durante años pero aún no has vuelto. Yo... Quisiera decir que hice lo que me dijiste, que me hice fuerte por las dos, y que guié a Elle para que se convirtiera en una chica tan lista como su madre, sagaz, sediente de dudas. No lo conseguí, lo siento, pero no fui capaz.
Elle creció dentro de un ambiente alocado y desobediente, donde reinaba el caos y el odio. Se revolvía entre la bondad y el cariño, intentaba escapar de todo aquello. Pasaba noches fuera, y cuando volvía ni se molestaba en dar explicaciones, yo tampoco se las pedía.
Nunca le expliqué porque la llamamos Isabelle y sin embargo usabamos siempre el diminutivo Elle, ella... Ella... Esperaba que algún día se acercara a la biblioteca para averiguarlo. Me siento perdida, sin salida.
Creo que... Creo que nunca podré perdonarme haberte dejado marchar, pero aquellos ojos que yo dibujaba a través de los cristales oscuros de tus gafas, aquellos ojos que imitaban la miel aquellos que me observaban a mi y a nuestra pequeña Elle mientras se alejaban en el caluroso verano me dejaron incapacitada para decir simplemente te quiero y resignarme, anestesiada por tu candidez, a dejarte marchar.
Hoy la dejaré sola, espero que puedas perdonarme. Pero yo no puedo enseñarle nada más, y tú no estás aqui para verme marchar esta vez. Lo siento, de verdad lo siento.
Me voy con el rumor ...del viento.
jueves, 1 de abril de 2010
Puto abril
Sé que no es fácil pequeña. Ya lo sé. Déjame que te cuente una historia.
¿Recuerdas la nieve? Recuerdas aquella historia ¿verdad? La culpa es mía por habertela contado. Tengo que disculparme hija, no te conté la verdad.
Elle, Elle cielo, sé que no quieres hablar conmigo, pero escúchala, aunque no contestes.
Lo primero que deberías saber es que es uno de mis preciados tesoros, y que todo fue mentira. Los árboles, los copos de nieve, el primero al último, todo, fue mentira.
Perdona si no quise decírtelo, pero el final era demasiado duro para contártelo. Yo... Él... No fue así, nunca lo sería.
Verás, hay veces que la gente se equivoca, se equivoca mucho. Se supone que hay que saber perdonar... Pero aquello, aquello parecía no tener solución.
Sé que no entiendes nada cariño, pero debo decirlo. Yo... No tenía porqué haberlo hecho, yo también soy demasiado buena. Pero lo hice, y me arrepentiré toda la vida.
Le llamé, Elle, y fue un error. El último momento había sido bonito, sin mentiras, puro. Pero después quise llamar, a pesar de saber que no debía hacerlo, pero necesitaba llamar.
La conversación tampoco mejoró la llamada, una vez cometes un fallo, la lógica te impulsa a seguirlo.
Sé que él me seguía queriendo, lo sabía, pero mi corazón no atendía a razones, se había roto. Había conseguido hacerme sentir peor. Me creí morir, había fallado. Yo, había fallado. Intenté mantenerme firme en aquella palabra "idiota" dicha con total cariño, el cariño con total siceridad.
Todavía no sé porqué empecé a marcar, supongo que solo quería oir su voz, pero oir su voz suponía arriesgarse a un grito o a una mala contestación. Casi la tuve. Tampoco sé porqué te lo cuento ahora, a través de esta puerta, no siquiera sé si me escucharás con tanto ruido que tienes en la cabeza. Supongo que sé que esta es la única manera de decir las cosas sin decirlas del todo.
Elle... cuando quieres a alguien haces las mayores estupideces del mundo, lo que te convierte en idiota. A veces crees haber hecho mal, la vida te enseña a realizar buenas acciones, y a rechazar ciertas actitudes.
Todavía no sé si aquello fue bueno o malo, si realmente hice tan mal como yo creía que había hecho justo después de que colgara sin escuchar mi despedida. Solo sé que en el momento de la llamada entendí que aquellas dos semanas eran en compensación a lo que me esperaba después: el silencio. No eterno, por supuesto, que tontería, y aunque le mentí y le dije que sería capaz de vivir un par de días con aquello... Ambos sabíamos que fue la mentira más grande de la historia, y que no lo soportaría. Después de escuchar aquella voz, no.
Simplemente Elle, rezo. Rezo por que algún día yo madure, siendo tan mayor como soy. Rezo, porque creo que algún día me escuchará, rezo porque alguien me proteja del infierno y rezo porque no creo en Dios. Rezo por pegarme pronto.
¿Recuerdas la nieve? Recuerdas aquella historia ¿verdad? La culpa es mía por habertela contado. Tengo que disculparme hija, no te conté la verdad.
Elle, Elle cielo, sé que no quieres hablar conmigo, pero escúchala, aunque no contestes.
Lo primero que deberías saber es que es uno de mis preciados tesoros, y que todo fue mentira. Los árboles, los copos de nieve, el primero al último, todo, fue mentira.
Perdona si no quise decírtelo, pero el final era demasiado duro para contártelo. Yo... Él... No fue así, nunca lo sería.
Verás, hay veces que la gente se equivoca, se equivoca mucho. Se supone que hay que saber perdonar... Pero aquello, aquello parecía no tener solución.
Sé que no entiendes nada cariño, pero debo decirlo. Yo... No tenía porqué haberlo hecho, yo también soy demasiado buena. Pero lo hice, y me arrepentiré toda la vida.
Le llamé, Elle, y fue un error. El último momento había sido bonito, sin mentiras, puro. Pero después quise llamar, a pesar de saber que no debía hacerlo, pero necesitaba llamar.
La conversación tampoco mejoró la llamada, una vez cometes un fallo, la lógica te impulsa a seguirlo.
Sé que él me seguía queriendo, lo sabía, pero mi corazón no atendía a razones, se había roto. Había conseguido hacerme sentir peor. Me creí morir, había fallado. Yo, había fallado. Intenté mantenerme firme en aquella palabra "idiota" dicha con total cariño, el cariño con total siceridad.
Todavía no sé porqué empecé a marcar, supongo que solo quería oir su voz, pero oir su voz suponía arriesgarse a un grito o a una mala contestación. Casi la tuve. Tampoco sé porqué te lo cuento ahora, a través de esta puerta, no siquiera sé si me escucharás con tanto ruido que tienes en la cabeza. Supongo que sé que esta es la única manera de decir las cosas sin decirlas del todo.
Elle... cuando quieres a alguien haces las mayores estupideces del mundo, lo que te convierte en idiota. A veces crees haber hecho mal, la vida te enseña a realizar buenas acciones, y a rechazar ciertas actitudes.
Todavía no sé si aquello fue bueno o malo, si realmente hice tan mal como yo creía que había hecho justo después de que colgara sin escuchar mi despedida. Solo sé que en el momento de la llamada entendí que aquellas dos semanas eran en compensación a lo que me esperaba después: el silencio. No eterno, por supuesto, que tontería, y aunque le mentí y le dije que sería capaz de vivir un par de días con aquello... Ambos sabíamos que fue la mentira más grande de la historia, y que no lo soportaría. Después de escuchar aquella voz, no.
Simplemente Elle, rezo. Rezo por que algún día yo madure, siendo tan mayor como soy. Rezo, porque creo que algún día me escuchará, rezo porque alguien me proteja del infierno y rezo porque no creo en Dios. Rezo por pegarme pronto.
domingo, 21 de febrero de 2010
Antología de un matrimonio que nunca llegó a casarse
Yo era muy pequeña para entender todo aquello que me rodeaba. Aquella sensación de hostilidad y acercamiento.
Con 5 años había conseguido calificar a mi madre como puta. No, se portaba muy bien conmigo, realmente esa era su profesión, pero con cinco años no te paras a sopesar el uso de eufemismos.
Y como mi madre era lo que era, yo no conocía a mi padre. Tampoco sabía si mi madre sabía quien era.
Nos mudabamos continuamente, de un apartamento a otro, y yo casi no tenía amigas. Solo mi madre, y un pequeño conejo de juguete que conservaba desde mi año de vida. Mi madre ahorró dos años para poder comprármelo, y lo mínimo que yo podía hacer era guardarlo y cuidarlo.
Pasamos así hasta que yo cumplí los diez. A esta edad yo era plenamente consciente de lo que la palabra prostituta significaba, y desde luego, no tenía nada que ver con una vida color de rosa, ni una jabonera en el baño, ni siquiera con un ámbito familiar normal.
El modus operandi que teníamos las dos era simplemente, pasar el mayor tiempo del día posible y, cuando algún hombre llegaba a casa, yo salía a pasear o me encerraba en mi cuarto, con la cabeza bajo la almohada, aunque esto sirviera de poco.
Pero un día, cuando yo tenía doce años, entró por la puerta un hombre, vestido muy elegantemente, con un traje del ejército.
Habíamos entrado en guerra no hacía más de unos meses, pero nuestra zona estaba perfectamente a salvo. Mi madre salió de la cocina envuelta en una bata y con los rulos puestos. Cuando observó aquel espejismo en la puerta se escabulló escaleras arriba.
Yo supuse que sería un cliente, así que lo guié hacia el salón y le ofrecí una copa de bourbon, que era el único alcohol para hombres que había en la casa. Aceptó a gusto, y se quitó el sombrero. Pude verle mejor la cara.
Yo era una chiquilla, con los ojos verdes de mi madre y el pelo rubio, a pesar de que ella era morena. Era, según decía mi abuelo cuando aún vivía, una belleza sureña. Nunca le creí. Aquel desconocido, ese hombre, tenía algo que me recordaba mi reflejo en el espejo del baño todas las mañanas. Pero no conseguía averiguar el qué.
Me tendió una mano y tiró de mi para que me sentara en su regazo. Por un momento temí que fuera a pasar algo, pero mi voz interna me hacía confiar en aquel completo desconocido. Y me senté.
Me abrazó con todas fuerzas y yo dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Seguía sin tener claro porqué aquella calidez me resultaba tan familiar y conocida, hasta que mi madre apareció en escena.
Traía un fajo de papeles en la mano, del tamaño de recibos. Eran recibos.
Aquel hombre, que después averigüé que se llamaba Dominique, me bajó de sus piernas y me acomodó en el sofá a su lado. Mi madre ocupó la butaca y le tendió los recibos. Yo me quedé dormida a la media hora, abrazada al brazo de aquel hombre, que me acariciaba la cabeza con sus dedos y que había sido el primer cliente que me había tratado como realmente era, una niña de apenas doce años.
A la mañana siguiente, él seguía allí. Desayunó con nosotras y por la tarde me llevó al cine. Yo nunca había ido al cine, y me asusté en una secuencia en la que un chico corría hacia nosotros, los espectadores.
Tuvimos una semana perfecta. Mi madre ya no aceptaba clientes, y ahora trabajaba de camarera en un bar de las afueras, mientras que Dominique, al que acabé asimilando como padre, pasaba las tardes enseñándome a construir maquetas y a dibujar.
Pero Dominique se tuvo que ir. Le llamaron al frente. Mi madre insistía en casarse con él, para evitar que fuese a la guerra, por tener familia, pero él se negó. No quería casarse con ella solo por conveniencia, pero le prometió que cuando volviera se casarían por gusto y no por obligación. A mi me regaló un colgante. A mi madre un beso.
No lo volvimos a ver más. Dos meses después, la guerra había finalizado, y Dominique seguía sin dar señales de vida. Mi madre no abandonó el trabajo en el bar, y yo pasaba las tardes dibujando la cara de Dominique, intentando que no se borrara de mi cabeza.
Un día ya no fui capaz de dibujarla con propiedad, y al siguiente no era capaz ni de recordarla.
Pero nunca me olvidé de Dominique. Los domingos mi madre me llevaba al cine con la propina que ganaba. La primera vez que fuimos ella también se asustó.
Ahora tengo treinta años. Mi madre murió hace dos. Todos los aniversarios de su muerte, voy a dejarle un ramo de rosas blancas.
Siempre que voy, hay una carta escrita a mano, dirigida a mi y a mi madre. Es de Dominique. No sé si sigue vivo, o simplemente es un descendiente que cumple con el deseo de un difunto. Solo sé que nunca fue su menester abandonarnos.
Por lo que leí, la relación con mi madre nunca fue amorosa, fue una amistad derivada. O confundida. Pero de ahí surgió el futuro de ambos: yo. Realmente cuando llamaba padre a Dominique no me confundía. Aquel hombre que entró por la puerta un martes, en plena noche cerrada, era mi padre. Aquellos recibos… Los pagaban a medias.
Si alguno de los dos viviese todavía a mi lado, podría preguntarles. De momento, tengo suficiente con que mi hijo, de tan solo dos años de vida, viva siempre con su padre y tenga una casa donde los hombres no entren y salgan cuando les plazca.
Con 5 años había conseguido calificar a mi madre como puta. No, se portaba muy bien conmigo, realmente esa era su profesión, pero con cinco años no te paras a sopesar el uso de eufemismos.
Y como mi madre era lo que era, yo no conocía a mi padre. Tampoco sabía si mi madre sabía quien era.
Nos mudabamos continuamente, de un apartamento a otro, y yo casi no tenía amigas. Solo mi madre, y un pequeño conejo de juguete que conservaba desde mi año de vida. Mi madre ahorró dos años para poder comprármelo, y lo mínimo que yo podía hacer era guardarlo y cuidarlo.
Pasamos así hasta que yo cumplí los diez. A esta edad yo era plenamente consciente de lo que la palabra prostituta significaba, y desde luego, no tenía nada que ver con una vida color de rosa, ni una jabonera en el baño, ni siquiera con un ámbito familiar normal.
El modus operandi que teníamos las dos era simplemente, pasar el mayor tiempo del día posible y, cuando algún hombre llegaba a casa, yo salía a pasear o me encerraba en mi cuarto, con la cabeza bajo la almohada, aunque esto sirviera de poco.
Pero un día, cuando yo tenía doce años, entró por la puerta un hombre, vestido muy elegantemente, con un traje del ejército.
Habíamos entrado en guerra no hacía más de unos meses, pero nuestra zona estaba perfectamente a salvo. Mi madre salió de la cocina envuelta en una bata y con los rulos puestos. Cuando observó aquel espejismo en la puerta se escabulló escaleras arriba.
Yo supuse que sería un cliente, así que lo guié hacia el salón y le ofrecí una copa de bourbon, que era el único alcohol para hombres que había en la casa. Aceptó a gusto, y se quitó el sombrero. Pude verle mejor la cara.
Yo era una chiquilla, con los ojos verdes de mi madre y el pelo rubio, a pesar de que ella era morena. Era, según decía mi abuelo cuando aún vivía, una belleza sureña. Nunca le creí. Aquel desconocido, ese hombre, tenía algo que me recordaba mi reflejo en el espejo del baño todas las mañanas. Pero no conseguía averiguar el qué.
Me tendió una mano y tiró de mi para que me sentara en su regazo. Por un momento temí que fuera a pasar algo, pero mi voz interna me hacía confiar en aquel completo desconocido. Y me senté.
Me abrazó con todas fuerzas y yo dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Seguía sin tener claro porqué aquella calidez me resultaba tan familiar y conocida, hasta que mi madre apareció en escena.
Traía un fajo de papeles en la mano, del tamaño de recibos. Eran recibos.
Aquel hombre, que después averigüé que se llamaba Dominique, me bajó de sus piernas y me acomodó en el sofá a su lado. Mi madre ocupó la butaca y le tendió los recibos. Yo me quedé dormida a la media hora, abrazada al brazo de aquel hombre, que me acariciaba la cabeza con sus dedos y que había sido el primer cliente que me había tratado como realmente era, una niña de apenas doce años.
A la mañana siguiente, él seguía allí. Desayunó con nosotras y por la tarde me llevó al cine. Yo nunca había ido al cine, y me asusté en una secuencia en la que un chico corría hacia nosotros, los espectadores.
Tuvimos una semana perfecta. Mi madre ya no aceptaba clientes, y ahora trabajaba de camarera en un bar de las afueras, mientras que Dominique, al que acabé asimilando como padre, pasaba las tardes enseñándome a construir maquetas y a dibujar.
Pero Dominique se tuvo que ir. Le llamaron al frente. Mi madre insistía en casarse con él, para evitar que fuese a la guerra, por tener familia, pero él se negó. No quería casarse con ella solo por conveniencia, pero le prometió que cuando volviera se casarían por gusto y no por obligación. A mi me regaló un colgante. A mi madre un beso.
No lo volvimos a ver más. Dos meses después, la guerra había finalizado, y Dominique seguía sin dar señales de vida. Mi madre no abandonó el trabajo en el bar, y yo pasaba las tardes dibujando la cara de Dominique, intentando que no se borrara de mi cabeza.
Un día ya no fui capaz de dibujarla con propiedad, y al siguiente no era capaz ni de recordarla.
Pero nunca me olvidé de Dominique. Los domingos mi madre me llevaba al cine con la propina que ganaba. La primera vez que fuimos ella también se asustó.
Ahora tengo treinta años. Mi madre murió hace dos. Todos los aniversarios de su muerte, voy a dejarle un ramo de rosas blancas.
Siempre que voy, hay una carta escrita a mano, dirigida a mi y a mi madre. Es de Dominique. No sé si sigue vivo, o simplemente es un descendiente que cumple con el deseo de un difunto. Solo sé que nunca fue su menester abandonarnos.
Por lo que leí, la relación con mi madre nunca fue amorosa, fue una amistad derivada. O confundida. Pero de ahí surgió el futuro de ambos: yo. Realmente cuando llamaba padre a Dominique no me confundía. Aquel hombre que entró por la puerta un martes, en plena noche cerrada, era mi padre. Aquellos recibos… Los pagaban a medias.
Si alguno de los dos viviese todavía a mi lado, podría preguntarles. De momento, tengo suficiente con que mi hijo, de tan solo dos años de vida, viva siempre con su padre y tenga una casa donde los hombres no entren y salgan cuando les plazca.
domingo, 14 de febrero de 2010
Feliz San Valentín
No creo en esta fiesta. Hace mucho perdí la ilusión por ella.
¿Es el amor, aquello que ansiamos, el verdadero equilibrio de nuestra vida? Yo creía que sí.
Yo creía, hace unos días creía, que tú, con tu sonrisa blanca y perfectamente alineada, tú, con tus sudaderas, con tu mirar por encima del hombro, creía en esa concepción de tí.
Juré haber creído, no volver a perdonarte nada. Juré que todo el "amor" que yo sentí, todo aquello que me había empujado a actuar de una manera torpe e infantil, aquello que condicionó nuestro distanciamiento, creí haberlo tornado en odio.
Eso mostraba mi mente después del llorar, después del adiós, pero ahora que lo pienso en frío, y ahora que pasó un año de aquello...
Eres feliz, con tu camisa gris, tu fiesta, tu vida nueva. Eres feliz. Te ha cambiado la sonrisa.
Tus ojos fueron siempre azules, porque tenías hielo dentro de ti, solo hielo. Como un ser congelado esperando a despertar.
Y despertaste, ya no te puedo tocar, pero seguro que, si lo pudiera hacer en este momento, la diferencia de temperatura entre ambos ya no sería tan distinta. No estarías helado.
Te has vuelto humano, Christian. A mis ojos lo has hecho.
En algún momento, sé que me enamoré de alguno de tus yos interiores. Quiero pensar que fue del que ahora te domina, del que vive dentro de ti, aprisionando a los otros.
No regreses, quédate donde estás, no despiertes de nuevo. Para el tiempo, y quédate ahí, en tu fiesta, con tu camisa gris y tu nueva sonrisa, ya no tan perfecta pero más cálida.
Espérame ahí, espera a que regrese, espera a que yo despierte y madure, solo para poder ver que sigues siendo el mejor, y que sigues adelante con una vida, esta vez perfecta de verdad.
Será totalmente perfecta, porque cuando me veas, si puedieras, estarías orgulloso de mi... Si pudieras verme, Christian.
Si pudieras verme, papá... Porque es lo único con lo que te puedo relacionar ahora, como un padre, que me enseñó que no todo en la vida es agradable. Fue ella y fuiste tú, y fue la vida, y si me ves, caminando altiva entre la gente, con mi guitarra cogida firmemente y con mi nueva vida cogida de la mano libre, porque en la otra llevo el tiempo conmigo, entonces, solo entonces papá, te sentirías orgulloso de mi.
Porque supe arreglar los trozos de cristal que tú dejaste, porque dejé de llorar por ti. Porque dejé de pensar en tí.
Siempre tuya, Alice.
PD: Espero que comprendas que ya no debo darte miedo, que ahora que soy adulta, solo quiero verte por el pasillo y que me veas como a una niña mayor. Como otra más.
¿Es el amor, aquello que ansiamos, el verdadero equilibrio de nuestra vida? Yo creía que sí.
Yo creía, hace unos días creía, que tú, con tu sonrisa blanca y perfectamente alineada, tú, con tus sudaderas, con tu mirar por encima del hombro, creía en esa concepción de tí.
Juré haber creído, no volver a perdonarte nada. Juré que todo el "amor" que yo sentí, todo aquello que me había empujado a actuar de una manera torpe e infantil, aquello que condicionó nuestro distanciamiento, creí haberlo tornado en odio.
Eso mostraba mi mente después del llorar, después del adiós, pero ahora que lo pienso en frío, y ahora que pasó un año de aquello...
Eres feliz, con tu camisa gris, tu fiesta, tu vida nueva. Eres feliz. Te ha cambiado la sonrisa.
Tus ojos fueron siempre azules, porque tenías hielo dentro de ti, solo hielo. Como un ser congelado esperando a despertar.
Y despertaste, ya no te puedo tocar, pero seguro que, si lo pudiera hacer en este momento, la diferencia de temperatura entre ambos ya no sería tan distinta. No estarías helado.
Te has vuelto humano, Christian. A mis ojos lo has hecho.
En algún momento, sé que me enamoré de alguno de tus yos interiores. Quiero pensar que fue del que ahora te domina, del que vive dentro de ti, aprisionando a los otros.
No regreses, quédate donde estás, no despiertes de nuevo. Para el tiempo, y quédate ahí, en tu fiesta, con tu camisa gris y tu nueva sonrisa, ya no tan perfecta pero más cálida.
Espérame ahí, espera a que regrese, espera a que yo despierte y madure, solo para poder ver que sigues siendo el mejor, y que sigues adelante con una vida, esta vez perfecta de verdad.
Será totalmente perfecta, porque cuando me veas, si puedieras, estarías orgulloso de mi... Si pudieras verme, Christian.
Si pudieras verme, papá... Porque es lo único con lo que te puedo relacionar ahora, como un padre, que me enseñó que no todo en la vida es agradable. Fue ella y fuiste tú, y fue la vida, y si me ves, caminando altiva entre la gente, con mi guitarra cogida firmemente y con mi nueva vida cogida de la mano libre, porque en la otra llevo el tiempo conmigo, entonces, solo entonces papá, te sentirías orgulloso de mi.
Porque supe arreglar los trozos de cristal que tú dejaste, porque dejé de llorar por ti. Porque dejé de pensar en tí.
Siempre tuya, Alice.
PD: Espero que comprendas que ya no debo darte miedo, que ahora que soy adulta, solo quiero verte por el pasillo y que me veas como a una niña mayor. Como otra más.
lunes, 8 de febrero de 2010
Perdí encontrarte
Paradoja en tiempo pasado. Basta una frase para sacar todo un texto.
Ella estaba sentada en la parada del bus, leyendo un libro. No esperaba ir a ningún sitio, simplemente leía. Me refiero a que no esperaba ningún autobús.
Pasó a su lado, y ella levantó la vista del libro. Se había quedado parada leyendo " Él pasó con ese caminar tan característico, haciendo que ella pusiera la mente en blanco. James..."
Cruzaron la mirada dos segundos. Y parecía que cada uno seguiría por su camino, pero ella volvió a levantar la vista del libro, y pronunció en voz alta: James se detuvo ante ella, examinando cada uno de sus precioso rasgos, finos, como la porcelana más cara.
No sabía que decía, ni porqué lo decía, simplemente siguió el impulso de leer en alto.
Se detuvo en seco, como atraído por una magia más potente que todo el mundo irreal que podría crear un niño a la tierna edad de ocho años, embrujado por aquel fragmento de libro.
Se giró, hasta quedarse a escasos centímetros de Delilah y con su voz profunda continuó el relato: " Ella es la voz profunda, dijo James entonces, susurrando todo lo bajo que pudo, pues sabía que aquella casa le estaba prohibida" Creí que las chicas de ahora no leían novelas tan antiguas.
-Tiene un paralelismo extraño. Por eso me gusta. Busco refugio en la literatura antigua, o acaso no es excepcional leer frases como " Ella es el tiempo propio y perdí encontrarla allá donde nunca nos despediamos, porque el tiempo era infinito y las horas acababan más tarde de lo convencional"
-Para una chica quizás si, para alguien como yo, todo se reduce a ñoñerías. Señorita, debería dejar de enfrascarse en estas novelas, y pensar en el futuro de mañana, algo más de provecho.
-Ahora es usted, ya que no lo conozco de nada, el que habla como si hubiera salido de una novela de amor de hace cincuenta años. Venga hombre, mira a tu alrededor, es la era de los vaqueros, las sudaderas y los tenis, no la de los vestidos con enaguas. Eso pasó.
Dominique se sentó a su lado, esperando a que terminara su rimbombante discurso sobre la modernidad. Pero nunca llegó a terminar. La joven abrió la boca para añadir algo, pero pronto la cerró, sin dejar escapar ningún sonido.
Cerró el libro de golpe, y se levantó, dándole vueltas al tiempo.
-" Tu eres el tiempo propio y perdí encontrarte allí donde nunca nos despedíamos" Realmente ¿Eso es lo que quieres oir de alguien que, supuestamente te quiere?
-¿Sigues sin entenderlo?-le respondió- Dominique, cuando alguien es el tiempo, es porque es como un reloj, marca la hora. Y que una persona sea el tiempo no es más que decir, que cuando pasas con ella una tarde, o cinco minutos, todo tiempos e te antoja eterno, porque no hay nada que pueda despegarte de ella, ni siquiera el propio paso de las agujas de un reloj. En definitiva, es como decir que a su lado, pierdes la noción del tiempo.
-¿Qué más da el tiempo?- replicó Dominique- Es ficticio, irreal, de cristal y como de nube. Y me parece increíble que en pleno siglo XXI se mantenga uan conversación de esta índole lingüística. Pero una vez empiezas...
-No hay carromato tirado por mula que lo pare, cierto- remató Delilah comenzando a reír- A no ser que alguien lo frene.
-Paro yo-dijo Dominique serio- Tener nombres horribles y del año de la pera no nso convierte en personas antiguas.
-Quien sabe, y Delilah me gusta. Cierto que con el tuyo quizás se hayan ensañado un poco...
-No, Dominique está bien. Es solo que es demasiado largo.
-Si prefieres que te llamen Domi... Acabarán por buscarte un mote demasiado gracioso para tu gusto.
-¿Quieres mi sincera opinión? Siempre va a existir un mote que te desagrade. No te puede gustar todo.
-Hablas con la persona que come helado de pistacho y avellana, en ese campo la palabra NO no existe en mi vocabulario.
Cerró el libro. Venía el autobús.
Ella es el tiempo propio... y me perdí encontrándola, en aquel lugar donde nunca nos despedíamos y donde las horas se alargaban más de lo real.
Ella estaba sentada en la parada del bus, leyendo un libro. No esperaba ir a ningún sitio, simplemente leía. Me refiero a que no esperaba ningún autobús.
Pasó a su lado, y ella levantó la vista del libro. Se había quedado parada leyendo " Él pasó con ese caminar tan característico, haciendo que ella pusiera la mente en blanco. James..."
Cruzaron la mirada dos segundos. Y parecía que cada uno seguiría por su camino, pero ella volvió a levantar la vista del libro, y pronunció en voz alta: James se detuvo ante ella, examinando cada uno de sus precioso rasgos, finos, como la porcelana más cara.
No sabía que decía, ni porqué lo decía, simplemente siguió el impulso de leer en alto.
Se detuvo en seco, como atraído por una magia más potente que todo el mundo irreal que podría crear un niño a la tierna edad de ocho años, embrujado por aquel fragmento de libro.
Se giró, hasta quedarse a escasos centímetros de Delilah y con su voz profunda continuó el relato: " Ella es la voz profunda, dijo James entonces, susurrando todo lo bajo que pudo, pues sabía que aquella casa le estaba prohibida" Creí que las chicas de ahora no leían novelas tan antiguas.
-Tiene un paralelismo extraño. Por eso me gusta. Busco refugio en la literatura antigua, o acaso no es excepcional leer frases como " Ella es el tiempo propio y perdí encontrarla allá donde nunca nos despediamos, porque el tiempo era infinito y las horas acababan más tarde de lo convencional"
-Para una chica quizás si, para alguien como yo, todo se reduce a ñoñerías. Señorita, debería dejar de enfrascarse en estas novelas, y pensar en el futuro de mañana, algo más de provecho.
-Ahora es usted, ya que no lo conozco de nada, el que habla como si hubiera salido de una novela de amor de hace cincuenta años. Venga hombre, mira a tu alrededor, es la era de los vaqueros, las sudaderas y los tenis, no la de los vestidos con enaguas. Eso pasó.
Dominique se sentó a su lado, esperando a que terminara su rimbombante discurso sobre la modernidad. Pero nunca llegó a terminar. La joven abrió la boca para añadir algo, pero pronto la cerró, sin dejar escapar ningún sonido.
Cerró el libro de golpe, y se levantó, dándole vueltas al tiempo.
-" Tu eres el tiempo propio y perdí encontrarte allí donde nunca nos despedíamos" Realmente ¿Eso es lo que quieres oir de alguien que, supuestamente te quiere?
-¿Sigues sin entenderlo?-le respondió- Dominique, cuando alguien es el tiempo, es porque es como un reloj, marca la hora. Y que una persona sea el tiempo no es más que decir, que cuando pasas con ella una tarde, o cinco minutos, todo tiempos e te antoja eterno, porque no hay nada que pueda despegarte de ella, ni siquiera el propio paso de las agujas de un reloj. En definitiva, es como decir que a su lado, pierdes la noción del tiempo.
-¿Qué más da el tiempo?- replicó Dominique- Es ficticio, irreal, de cristal y como de nube. Y me parece increíble que en pleno siglo XXI se mantenga uan conversación de esta índole lingüística. Pero una vez empiezas...
-No hay carromato tirado por mula que lo pare, cierto- remató Delilah comenzando a reír- A no ser que alguien lo frene.
-Paro yo-dijo Dominique serio- Tener nombres horribles y del año de la pera no nso convierte en personas antiguas.
-Quien sabe, y Delilah me gusta. Cierto que con el tuyo quizás se hayan ensañado un poco...
-No, Dominique está bien. Es solo que es demasiado largo.
-Si prefieres que te llamen Domi... Acabarán por buscarte un mote demasiado gracioso para tu gusto.
-¿Quieres mi sincera opinión? Siempre va a existir un mote que te desagrade. No te puede gustar todo.
-Hablas con la persona que come helado de pistacho y avellana, en ese campo la palabra NO no existe en mi vocabulario.
Cerró el libro. Venía el autobús.
Ella es el tiempo propio... y me perdí encontrándola, en aquel lugar donde nunca nos despedíamos y donde las horas se alargaban más de lo real.
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