Volví a soñar con ese lugar. Ese sitio que se parece tan extrañamente a la zona del centro de mi ciudad, pero no lo es.
He vuelto a soñar otra vez con esa pista de skate, donde se hacen competiciones urbanas sin importar las normas. En esa rampa en forma de U, donde chicos con camisetas de baloncesto y pantalones holgados, que siempre llevan las gorras hacia atrás y dejan ver sus rastas o sus cortes de pelos asimétricos nunca estoy sola.
Siempre me acompañan los dos de siempre. Y siempre dos. La competición termina y el ganador recoge su tabla nueva de skate como premio. Es momento de volver. Volvemos solo dos, tú y yo, no sé porqué siempre dejamos al tercero atrás.
Caminamos por las calles. El suelo es irregular, de adoquines cuadrados pequeños, en color marrón piedra. Las paredes de los edificios de la zona también son de ese color marrón, pero son planchas de piedra lisas.
Seguimos el habitual recorrido entre calles estrechas, transitadas por millones de personas, mientras charlamos sobre realmente nada, porque en mi sueño nunca se oye más que una o dos palabras sueltas.
Nuestros pasos nos dirigen a una plaza, una plaza pequeña. Y entonces como siempre, me recuerdas que no entre en el bar que se ve a la esquina, que entra gente muy extraña, que no son buenas compañias, que podría pasarme algo malo si me encuentran sola.
Por espacio de cinco minutos mi sueño enfoca lo que mis ojos ven. Van mirando al suelo, contando el número de adoquines que piso y, al levantar la vista, ya no estás.
Pero no me pongo nerviosa, ni me extraño. Ya he estado más veces en ese sueño, sé que siemrpe desapareces de repente, y nunca recuerdo si luego vuelves.
Sigo caminando sola. No me importa a donde me guío, porque en el sueño siempre sé a donde voy. Paso tras paso voy esquivando a los tumultos de gente que siempre caminan en dirección contraria a la mía. Excepto tú, todo el mundo camina en dirección contraria a la mia.
Y entonces los veo. Frente a la gente, que camina de manera monótona, que no hablan entre ellos, que solo se dirigen a un lugar, vestidos con túnicas negras, detalle en el que siempre me fijo en este momento, porque hasta entonces nunca lo había advertido; se aparecen cuatro personas, vestidas como si hubieran salido de una obra de teatro pintoresca: son tres hombres y una mujer, aunque quizás deberí decirlo al revés por la mujer siempre va a la izquierda. Es gorda, lleva el pelo verde, una nariz carácterística de una bruja, con verruga incluida y lleva a cuestas una escoba. El vestido combina con el pelo: es blanco y tiene manchas verdes.
Siempre me fijo detalladamente en la mujer, y no en los otros tres, aún así soy capaz de decir que cada uno va de los colores del parchis: verde, rojo, amarillo y azul y que los colores proceden de las pelucas que llevan.
Inmediatamente me doy cuenta de que salen del bar que siempre me prohibe visitar mi acompañante en una mitad del sueño. Posteriormente caigo en el detalle de que él no está conmigo, y aunque haya más gente en la calle, mucha más, estoy sola. Y esa era otra de las prohibiciones: "Que no te vean sola".
Empiezo a correr, desesperada por perderlos de vista. Me meto por calles que no conozco en las que cada vez hay menos gente, esperando que, por favor, no me hayan visto y me hayan seguido o será mi fin. Lo que quiera que signifique fin en este sueño.
La angustia aprisiona mi pecho mientras mis piernas se niegan a parar, y mi cabeza, como si tuviera un tic nervioso imposible de detener, se gira cada cinco segundos para verificar que, efectivamente, no me siguen.
Y por fin un lugar que si conozco. Conozco ahora, esta última vez que soñé. Ese suelo... Poca gente. Pero lo característico de esa calle, es la elevación en al parte derecha del camino, como una acera elevada exageradamente, que para transitar por ella es necesario subir escaleras.
Esa calle, la recorrí mil veces, y una más. Muchas en sueños, pero muchas en la realidad. Esa calle es de Santiago. En esa calle está esa facultad. Y me doy cuenta ahora.
Cojo el teléfono. Sé que estoy a salvo, y que ya no me van a perseguir, porque estoy alejada del corazón de la ciudad, ya no hay gente.
Marco. por tercera vez, lo único que cambia es mi teléfono móvil, que se adapta al que tengo en la actualidad en la que sueño. Empieza a sonar...
Al otro lado se escucha una voz, una voz tranquilizante de la que solo puedo oir un heeey, y mi respiración entrecortada.
Porque de repente, y sin previo aviso, abro mis ojos y un panda de peluche me mira con los suyos, grandes esperando un abrazo que lo haga saltar. Estoy en mi habitación, y siempre todo es un sueño.
Pero nunca entiendo más que la última parte. ¿Es, entonces, Santiago? ¿Por qué desaparecen los personajes a mitad de escena? ¿Quiene sson esos cuatro y por qué escapo de ellos? ¿Por qué marco el teéfono?
Pero... lo que es más importante: ¿Por qué sueño esto cada cierto tiempo, y el resultado sigue siendo el mismo?
Tenlo claro...
La primera vez que traspasó aquella puerta, apenas alcanzaba el metro de estatura. Se quedó en el umbral, aspirando el aroma a magia que desprendía aquella casa. La estancia estaba en penumbra, iluminada únicamente con una luz anaranjada, sin fuente aparente, al menos el pequeño no sabía de donde venía.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
Se atrevió a dar un paso, y otro, y otro, hasta que se encontró de frente con la dueña de la casa, la que lo había traído hasta allí. Estás entrando en el mundo de los sueños, el mundo de las artes, el mundo ficticio y real, donde todo se rompe y se regenera de nuevo. Donde todo es infinito. Ahora te lo creerás, pero cuando seas mayor, empezarás a ponerlo en duda.
Los adultos son todos unos ilusos, no saben que la literatura lleva a todas partes.
lunes, 27 de diciembre de 2010
viernes, 24 de diciembre de 2010
Tin, tin, tin...
Campanilla.
De algún modo, sabía que no podría escribir esto hasta que le encontrara una sensación lógica a la que pegarlo, adherirlo, relacionarlo con...
Durante dos días viví asustada dentro de una habitación a oscuras donde los recuerdos me abrumaban, y solo conseguía verlos borrosos. Me sentía asustada, medio engañada, y totalmente fuera de lugar.
Fue en ese momento cuando descubrí que tenía un rincón secreto, un lugar al que nadie puede acceder, un rincón donde podía pensar sin miedo a ser descubierta.
Estaba asustada... Asustada de mis descubrimientos, asustada de como poco a poco una de las luces de dentro se fundía dejando un hueco negro, un agujero negro. Sostuve entre mis manos esa pequeña lucecita, mientras iba perdiendo intensidad y color, hasta volverse una pelota.
Cada vez que pienso en esa sensación me angustio y noto una presión en el pecho, como cuando quieres llorar. Lloré, claro que lloré, como llora por una pérdida importante.
Pero... Al fin y al cabo lloras por miedo. Por miedo a verte sola, a ver que todo sigue, avanza, pero falta algo, continuar con hueco que sabes que, esta vez no se puede cambiar, porque nadie te volverá a tener como amiga A', porque sabes que es una cosa única, que no existe en otro sitio.
Porque Sherlock Holmes, había desaparecido, se había dormido y no se pronunciaba, y los recuerdos, solo eran eso recuerdos, abrumados por la sombra del presente.
Pero... Siempre hay un pero.
Era mucho más fácil que ponerse a pensar en todo aquello, en todo lo que fue pasado ¡Qué más daba aquello, si no se iba a repetir, y no servía de nada contra el nudo en la garganta que te advertía que volvería a llorar!
Pero era mucho más fácil, era crear un nuevo recuerdo, una nueva conveersación que me verificara, que repitiera mil veces en mi cabeza que, por mucho del pasado, el presente no había cambiado. Era un piano. Era notar una melodía y era ver que esa, y solo esa es la razón.
El eje... La música, y siempre la música. Volvieron millones de frases, volvió el Carpe Diem, volvieron las tardes y noches de pregunta y de conversaciones idiotas que no tienen otro objetivo de hacerme reir durante horas.
Volvió tu sonrisa, y esa sensación de calidez cuando te abrazas. Volvió el andén, y la mierda de domingo, pero el genial viernes... Volvieron días, semanas. Volvió la nieve.
Y volvió... volvió.... volvió el dorado. Es lo que importa.
De algún modo, sabía que no podría escribir esto hasta que le encontrara una sensación lógica a la que pegarlo, adherirlo, relacionarlo con...
Durante dos días viví asustada dentro de una habitación a oscuras donde los recuerdos me abrumaban, y solo conseguía verlos borrosos. Me sentía asustada, medio engañada, y totalmente fuera de lugar.
Fue en ese momento cuando descubrí que tenía un rincón secreto, un lugar al que nadie puede acceder, un rincón donde podía pensar sin miedo a ser descubierta.
Estaba asustada... Asustada de mis descubrimientos, asustada de como poco a poco una de las luces de dentro se fundía dejando un hueco negro, un agujero negro. Sostuve entre mis manos esa pequeña lucecita, mientras iba perdiendo intensidad y color, hasta volverse una pelota.
Cada vez que pienso en esa sensación me angustio y noto una presión en el pecho, como cuando quieres llorar. Lloré, claro que lloré, como llora por una pérdida importante.
Pero... Al fin y al cabo lloras por miedo. Por miedo a verte sola, a ver que todo sigue, avanza, pero falta algo, continuar con hueco que sabes que, esta vez no se puede cambiar, porque nadie te volverá a tener como amiga A', porque sabes que es una cosa única, que no existe en otro sitio.
Porque Sherlock Holmes, había desaparecido, se había dormido y no se pronunciaba, y los recuerdos, solo eran eso recuerdos, abrumados por la sombra del presente.
Pero... Siempre hay un pero.
Era mucho más fácil que ponerse a pensar en todo aquello, en todo lo que fue pasado ¡Qué más daba aquello, si no se iba a repetir, y no servía de nada contra el nudo en la garganta que te advertía que volvería a llorar!
Pero era mucho más fácil, era crear un nuevo recuerdo, una nueva conveersación que me verificara, que repitiera mil veces en mi cabeza que, por mucho del pasado, el presente no había cambiado. Era un piano. Era notar una melodía y era ver que esa, y solo esa es la razón.
El eje... La música, y siempre la música. Volvieron millones de frases, volvió el Carpe Diem, volvieron las tardes y noches de pregunta y de conversaciones idiotas que no tienen otro objetivo de hacerme reir durante horas.
Volvió tu sonrisa, y esa sensación de calidez cuando te abrazas. Volvió el andén, y la mierda de domingo, pero el genial viernes... Volvieron días, semanas. Volvió la nieve.
Y volvió... volvió.... volvió el dorado. Es lo que importa.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Gira y dale la vuelta
Es algo que pensé hace mucho. No... no sigo dándole vueltas, bueno, la conclusión al final. Ahora el desarrollo, sigamos el orden cronológico.
Imagínatelo conmigo, y observa lo peligroso que resulta soñar. Habríamos llegado, te habrías sentado a mi derecha, me habrías mirado y, entonces, entendiendo que todo nos iría bien, me pasarías el brazo por los hombros para sentirte cerca, rozar tu nariz contra mi mejilla, haciéndome cosquillas. Ni siquiera un beso, solo lo suficiente para saber que estás ahí, y que nada era mentira.
No atender a la pizarra, sabir a dibujo y que no diera tiempo a terminarlo, porque... habría algo más importante... No tanto importante como"nuevo". Estas cosas siemrpe son nuevas.
Y si, darnos la mano, como algo insignificante, lo importante es el beso de después, pero... darnos la mano y sentir como se me escapa la sonrisa. El roce de tu nariz contra mi mejilla, otra vez, esta vez buscando una vía por la que encontrar mis labios.
Vale, fin del juego. Sintiéndote lejos me cansé de la situación. No soporto el sentirme engañada, falseada por alguien a quien ni siquiera puedo ponerle cara, hecha todo ridículo, no soporto sentirme pormenorizada y metida en uan caja, otra vez.
Pero, tras las acusaciones, los malentendidos, supiste sacarme. Con un abrazo, esa cosa, ese sentido que tanto me gusta en otras personas. Esa sensación de sentirme abrazada, protegida, rozando mi mejilla contra lo que desprende calor humano, contra algo que me da calidez.
No sé como, pero me enfado, contigo, si. Pero... recuerdo ese gesto, que tanto me sorprendió, tanto. Y me hace pensar que quizá, en otro giro del camino, en un giro con menos... roces, quizá no choquemos tanto, y sea posible una conexión.
Imagínatelo conmigo, y observa lo peligroso que resulta soñar. Habríamos llegado, te habrías sentado a mi derecha, me habrías mirado y, entonces, entendiendo que todo nos iría bien, me pasarías el brazo por los hombros para sentirte cerca, rozar tu nariz contra mi mejilla, haciéndome cosquillas. Ni siquiera un beso, solo lo suficiente para saber que estás ahí, y que nada era mentira.
No atender a la pizarra, sabir a dibujo y que no diera tiempo a terminarlo, porque... habría algo más importante... No tanto importante como"nuevo". Estas cosas siemrpe son nuevas.
Y si, darnos la mano, como algo insignificante, lo importante es el beso de después, pero... darnos la mano y sentir como se me escapa la sonrisa. El roce de tu nariz contra mi mejilla, otra vez, esta vez buscando una vía por la que encontrar mis labios.
Vale, fin del juego. Sintiéndote lejos me cansé de la situación. No soporto el sentirme engañada, falseada por alguien a quien ni siquiera puedo ponerle cara, hecha todo ridículo, no soporto sentirme pormenorizada y metida en uan caja, otra vez.
Pero, tras las acusaciones, los malentendidos, supiste sacarme. Con un abrazo, esa cosa, ese sentido que tanto me gusta en otras personas. Esa sensación de sentirme abrazada, protegida, rozando mi mejilla contra lo que desprende calor humano, contra algo que me da calidez.
No sé como, pero me enfado, contigo, si. Pero... recuerdo ese gesto, que tanto me sorprendió, tanto. Y me hace pensar que quizá, en otro giro del camino, en un giro con menos... roces, quizá no choquemos tanto, y sea posible una conexión.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Ni números, ni lineas.
Flores. He pensado, mientras trataba de estudiar, en lo bonito de la situación.
Paris, oooh maravilloso y bohemio Paris, te echo de menos. La musique.
Recuperando aquella entrada, vieja. Aquel encuentro efímero, esa explosión de sentimiento encontrados que han tomado otra forma. Pero no otro color.
Aquel sofá rojo, en una habitación azul. Impensable a los ojos estéticos.
La tapicería ha pasado a ser un vestido. Un vestido delicado, de tela suave, listo para ser llevado por un precioso colibri.
Y no hay dos si tres. Pues esta vez son dos.
Si, las lineas y los números, las ideas del espacio, de lo que se puede jugar con él me alejan de lo que realmente representa el campo en el que juego: vida.
Creo que por primera vez he entendido, comprendido que es lo que significa lo que yo hago.
Proyecto vidas. Cuando inventas un salón, una cocina, una habitación... Estás imaginando como vivirá la persona que compre la casa. Imaginas como se sentirá, como se desenvolverá.
Quizás entender eso es el paso más importante. Sin embargo, falta el equilibrio.
Por supuesto, no quiero proyectar siempre para los demás, quiero... Vivir dentro de lo que proyecto.
Imaginaos... Por un instante, que proyecto un salón de baile, y juntamos a un rubio, un vestido azul, y a la soñadora.
Aaaah, así fue como lo deduje, de aquella película que no fui a ver contigo. Ah, pero lo que me ayudó a comprender. Imagina, que vives dentro de un espacio que puedes, con solo pensarlo, llenar de bloques, de escaleras, de muebles, de colores, de formas y de tactos.
Imagina todo eso. Pero imagina... Que no lo puedes tocar, sentir, ni ver.
¡Qué triste! Volviendo a ese salón... Si lo fabricas, si lo moldeas como quieres, si... eres capaz de vivir dentro de ese molde después, entonces, y solo entonces, sabrás que has terminado de imaginar en abstracto para construir.
Para construir no solo... una estructura, sino... también una vida, millones de vidas, incluida la tuya, a 60 km de distancia, con un vestido verde, un rubio y la noche por delante.
¿De qué color es el vestido, entonces?
Paris, oooh maravilloso y bohemio Paris, te echo de menos. La musique.
Recuperando aquella entrada, vieja. Aquel encuentro efímero, esa explosión de sentimiento encontrados que han tomado otra forma. Pero no otro color.
Aquel sofá rojo, en una habitación azul. Impensable a los ojos estéticos.
La tapicería ha pasado a ser un vestido. Un vestido delicado, de tela suave, listo para ser llevado por un precioso colibri.
Y no hay dos si tres. Pues esta vez son dos.
Si, las lineas y los números, las ideas del espacio, de lo que se puede jugar con él me alejan de lo que realmente representa el campo en el que juego: vida.
Creo que por primera vez he entendido, comprendido que es lo que significa lo que yo hago.
Proyecto vidas. Cuando inventas un salón, una cocina, una habitación... Estás imaginando como vivirá la persona que compre la casa. Imaginas como se sentirá, como se desenvolverá.
Quizás entender eso es el paso más importante. Sin embargo, falta el equilibrio.
Por supuesto, no quiero proyectar siempre para los demás, quiero... Vivir dentro de lo que proyecto.
Imaginaos... Por un instante, que proyecto un salón de baile, y juntamos a un rubio, un vestido azul, y a la soñadora.
Aaaah, así fue como lo deduje, de aquella película que no fui a ver contigo. Ah, pero lo que me ayudó a comprender. Imagina, que vives dentro de un espacio que puedes, con solo pensarlo, llenar de bloques, de escaleras, de muebles, de colores, de formas y de tactos.
Imagina todo eso. Pero imagina... Que no lo puedes tocar, sentir, ni ver.
¡Qué triste! Volviendo a ese salón... Si lo fabricas, si lo moldeas como quieres, si... eres capaz de vivir dentro de ese molde después, entonces, y solo entonces, sabrás que has terminado de imaginar en abstracto para construir.
Para construir no solo... una estructura, sino... también una vida, millones de vidas, incluida la tuya, a 60 km de distancia, con un vestido verde, un rubio y la noche por delante.
¿De qué color es el vestido, entonces?
lunes, 1 de noviembre de 2010
Cobardía se parece demasiado a tu nombre.
Si, te hablo a tí, pequeña bestia parda, desastre de experimento. Si, tú, ese ente sin sentido concreto, ni forma, sin estilo definido, con una estética caótica. Te hablo a ti.
¿De qué te alejas? ¿De qué te escondes? No lo sé, no sé si quiero saberlo. No sé de hecho si quiero volver a saber de tí, whatever.
Porque me cabrea la falta de comunicación, y lo sabes. Sabes que me parece mal que no me cuentes las cosas, y sé que pasa algo, algo importante que estás decidida a no contarme, al menos directamente, pero oye, whatever.
No, whatever no, quizás parece egoísta por mi parte, pero me haces atribuirme el mérito de no merecerme tus secretos, y ooh, si esto podría ir en un privado, pero... la casualidad quiere que no lo pueda mandar.
¿Qué existe el correo? Lo sé perfectamente, ¿Qué no lo uso? Si, eso también lo sé.
Estoy gastando una preciosa entrada, lo que podría ser preciosa, por tratar de decirte que tengo sospechas, como siempre sospecha Sherlock Holmes, y que me están echando hacia atrás ¿Qué cuales son? Ni las sabes, y francamente ni te importan.
Pero, whatever, es tu respuesta para todo ¿No? No vale un whatever.
Éramos tres y cuatro, lo fuimos siempre. Pero parece que solo una de nosotras era el hilo conductor de las demás ¿No sabemos vivir con ella lejos? Quiero decir, juntas, no sabemos vivir juntas.
Claramente que me duele, me está doliendo que no hables conmigo que no me lo cuentes, ¿Acaso es tan importante no hablar de ello?
Pues, bueno, no sé, las ideas vuelan, VUELAN.
No pretendas que siempre aguante que te guardes las cosas para tí, porque eso es conseguir el efecto contrario a lo que esperas.
¿De qué te alejas? ¿De qué te escondes? No lo sé, no sé si quiero saberlo. No sé de hecho si quiero volver a saber de tí, whatever.
Porque me cabrea la falta de comunicación, y lo sabes. Sabes que me parece mal que no me cuentes las cosas, y sé que pasa algo, algo importante que estás decidida a no contarme, al menos directamente, pero oye, whatever.
No, whatever no, quizás parece egoísta por mi parte, pero me haces atribuirme el mérito de no merecerme tus secretos, y ooh, si esto podría ir en un privado, pero... la casualidad quiere que no lo pueda mandar.
¿Qué existe el correo? Lo sé perfectamente, ¿Qué no lo uso? Si, eso también lo sé.
Estoy gastando una preciosa entrada, lo que podría ser preciosa, por tratar de decirte que tengo sospechas, como siempre sospecha Sherlock Holmes, y que me están echando hacia atrás ¿Qué cuales son? Ni las sabes, y francamente ni te importan.
Pero, whatever, es tu respuesta para todo ¿No? No vale un whatever.
Éramos tres y cuatro, lo fuimos siempre. Pero parece que solo una de nosotras era el hilo conductor de las demás ¿No sabemos vivir con ella lejos? Quiero decir, juntas, no sabemos vivir juntas.
Claramente que me duele, me está doliendo que no hables conmigo que no me lo cuentes, ¿Acaso es tan importante no hablar de ello?
Pues, bueno, no sé, las ideas vuelan, VUELAN.
No pretendas que siempre aguante que te guardes las cosas para tí, porque eso es conseguir el efecto contrario a lo que esperas.
jueves, 14 de octubre de 2010
Cruce de caminos
Si Elle... Todo bien por aquí, jaja sii todo sigue igual, poco movimiento pero mucho trabajo, no sé todavía no tenemos nada planeado... Si, si muchas ideas, pero... No hay nada... hablado aún, ... No te preocupes, estará listo, ¿No confías en mi?
Alma se sentó tras colgar el teléfono, suspirando de alivio y cerró los ojos. Observó la habitación en la que pasaba la mayor parte de las horas de su tiempo. Era una oficina, iluminada por la luz del sol que entraba directa a espaldas de Alma, ya que la pared que antes ocupaba ese lugar ahora era una gran cristalera. El escritorio,de ébano, estaba situado casi en el centro de la estancia, bajo la moqueta de color azulón. Justo detrás el sillón negro, giratorio, confortable y blando, como una nube.
A la izquierda, según las vistas de alguien sentado tras el escritorio, la estantería de cristal con múltiples libros sobre arquitectura, edificaciones, construcción...y a la derecha, la puerta.
El ordenador zumbaba ligeramente, casi imperceptible, sobre la mesa. Planos enrrollados descansaban en una cesta al lado del mueble.
Alma cerró los ojos. Peor de poco le sirvió el momento de calma: a los cinco minutos, la voz estridente de la secretaria y irrumpió su ensoñación.
Alma, Elle al teléfono.... Otra vez
Alma recibió la llamada de nuevo.
"¡Qué va! Estoy perfectamente... Si, es cierto hace mucho que le veo. Y es cierto que lo extraño, pero ya no somos estudiantes ni universitarios, no vivimos a media hora, vivimos lejos, vivimos muy lejos Elle... Supongo que tienes razón. Oh, si cristalera por supuesto, en el segundo piso, ya hbía pensaod en tu obsersión pro las vistas y la estética. Ya sabes que eres mi cliente más exigente, y eso me encanta. Me hace sacarme de mis obras estándar... Si, tranquila, estoy bien, todavía no he plasmado su cara en una de mis obras, es es buena señal jaja. Si, mañana te enseño todo"
Tras colgar de nuevo, se giró en la silla y observó la ciudad a cuarenta pisos de altura. Los edificios, contundentes, formando una cuadrícula úrbana, dejando a ls calles tan abajo que parecían los hilos de uan tela de araña.
Alma, tienes visita
-Que pase- Alma no entendía por qué hoy tenía tantas cosas que hacer, pero no el quedaba más que apechugar con su trabajo. Eso acordó cuando alcanzó este estatus, y no iab a menospreciarlo un solo día de su vida.
Un chico rubio, trajeado, con manos de cirujano entró por la puerta, con aquella sonrisa tan característica.
Alma se giró, consideró cada una de las lineas que formaban aquella imposible aparición en su despacho y después salió corriendo como una niña pequeña, como hacía tantos años... Como tantos años hacía que no se veían.
-Tengo un trabajo para ti, ¿Crees que podrás hacerlo como yo quiero?
-Hace años que tengo los planos de una casa en la playa- Alma se acercó a la cesta metálica de al lado de la mesa y sacó varios folios enrollados- A ver que te parecen.
-Y luego vamos a comer-dijo el médico mirando el reloj- ¿te parece?
Alma asintió.
-Déjame llamar a Elle, había quedado con ella, le diré que venga.
Y por tercera vez en media hora, volvió a llamar.
Alma se sentó tras colgar el teléfono, suspirando de alivio y cerró los ojos. Observó la habitación en la que pasaba la mayor parte de las horas de su tiempo. Era una oficina, iluminada por la luz del sol que entraba directa a espaldas de Alma, ya que la pared que antes ocupaba ese lugar ahora era una gran cristalera. El escritorio,de ébano, estaba situado casi en el centro de la estancia, bajo la moqueta de color azulón. Justo detrás el sillón negro, giratorio, confortable y blando, como una nube.
A la izquierda, según las vistas de alguien sentado tras el escritorio, la estantería de cristal con múltiples libros sobre arquitectura, edificaciones, construcción...y a la derecha, la puerta.
El ordenador zumbaba ligeramente, casi imperceptible, sobre la mesa. Planos enrrollados descansaban en una cesta al lado del mueble.
Alma cerró los ojos. Peor de poco le sirvió el momento de calma: a los cinco minutos, la voz estridente de la secretaria y irrumpió su ensoñación.
Alma, Elle al teléfono.... Otra vez
Alma recibió la llamada de nuevo.
"¡Qué va! Estoy perfectamente... Si, es cierto hace mucho que le veo. Y es cierto que lo extraño, pero ya no somos estudiantes ni universitarios, no vivimos a media hora, vivimos lejos, vivimos muy lejos Elle... Supongo que tienes razón. Oh, si cristalera por supuesto, en el segundo piso, ya hbía pensaod en tu obsersión pro las vistas y la estética. Ya sabes que eres mi cliente más exigente, y eso me encanta. Me hace sacarme de mis obras estándar... Si, tranquila, estoy bien, todavía no he plasmado su cara en una de mis obras, es es buena señal jaja. Si, mañana te enseño todo"
Tras colgar de nuevo, se giró en la silla y observó la ciudad a cuarenta pisos de altura. Los edificios, contundentes, formando una cuadrícula úrbana, dejando a ls calles tan abajo que parecían los hilos de uan tela de araña.
Alma, tienes visita
-Que pase- Alma no entendía por qué hoy tenía tantas cosas que hacer, pero no el quedaba más que apechugar con su trabajo. Eso acordó cuando alcanzó este estatus, y no iab a menospreciarlo un solo día de su vida.
Un chico rubio, trajeado, con manos de cirujano entró por la puerta, con aquella sonrisa tan característica.
Alma se giró, consideró cada una de las lineas que formaban aquella imposible aparición en su despacho y después salió corriendo como una niña pequeña, como hacía tantos años... Como tantos años hacía que no se veían.
-Tengo un trabajo para ti, ¿Crees que podrás hacerlo como yo quiero?
-Hace años que tengo los planos de una casa en la playa- Alma se acercó a la cesta metálica de al lado de la mesa y sacó varios folios enrollados- A ver que te parecen.
-Y luego vamos a comer-dijo el médico mirando el reloj- ¿te parece?
Alma asintió.
-Déjame llamar a Elle, había quedado con ella, le diré que venga.
Y por tercera vez en media hora, volvió a llamar.
viernes, 8 de octubre de 2010
Imanes
Me bajé a toda prisa del coche. Aquel lugar apartado del mundo em hacía volver a cuando teníamos siete años y éramos tan inocentes. Tenia ganas de verte, ganas de ti, de probarte.
Antes aquel lugar era medio monte, con caminos de tierra marrón que manchaba los zapatos y luego no salía, ahora solo era asfalto. Al contrario que aquel núcleo urbano en desarrollo, nuestra canción se estropeaba con los años. Cada vez que llegaba a tu portal em derrumbaba, lloraba con el corazón roto y se me pasaba con un agradable aroma a ti, con tu abrazo, me eternizaba en tus brazos.
Llegué. Estabas en la puerta, con los brazos abiertos, esperándome, siguiendo la rutina.
Pero no lloré. Me abracé, eso si. Aspiré tu olor, y lentamente dije.
-Te quiero- Tus ojos se pusieron como platos, pero pronto, recuperando al compostura, contestaste:
-Yo también- Te acercaste a mi rostro, me apartaste un mechón de pelo para dejarlo justo detrás de mi oreja, bien sujeto, y con una mano en mi mejilla y la otra en mi cintura, me besaste.
Permanecimos un rato fuera hasta que tiraste de mi hacia dentro y sin despegarnos, perdiendo partes de ropa por el camino a tu habitación, recorrimos todo el pasillo.
Pasé mis manos por tu espalda infinidad de veces, morí con el roce de tus labios sobre mi cuello y noté por cada poro de mi piel tus caricias, estremeciendome.
No te solté en ningún momento, temiendo perderte por alejarme un solo milímetro. Pasamos horas jugando a ser invisibles al resto del mundo, formando uan burbuja para nosotros solos bajo las sábanas. Sentimos frío, calor, y una sensación intermedia que nadie supo definir nunca con exactitud.
Agotados, nos quedamos dormidos, y con mi cabeza apoyada en tu pecho desnudo, tú acariciándome el pelo con movimientos casi imperceptibles.
Nos despertamos por la mañana no muy temprano.
-Buenos días- me besaste la frente.
-Nnns días- conseguí contestar, quitándome las sábanas de la cara.
-Jajaja- tu risa terminó de despertarme- ¿Has dormido bien?
-¿Bromeas, verdad?- me acurruqué contra ti otra vez, jurando que no podía haber nada mejor en el mundo.
El acostumbrado despertador de las 10 de la mañana sonó insistentemente hasta que mi mano acertó con el botón. Abrí los ojos con pesadumbre, la luz entraba iluminando todo el cuarto. Todo había sido un sueño, y a pesar de la realidad de lo que me había parecido vivir, todo sería igual. Excepto por ese olor, tu persistente olor, que no se iba. Pero no podía ser...
No podía...
Me giré.
Antes aquel lugar era medio monte, con caminos de tierra marrón que manchaba los zapatos y luego no salía, ahora solo era asfalto. Al contrario que aquel núcleo urbano en desarrollo, nuestra canción se estropeaba con los años. Cada vez que llegaba a tu portal em derrumbaba, lloraba con el corazón roto y se me pasaba con un agradable aroma a ti, con tu abrazo, me eternizaba en tus brazos.
Llegué. Estabas en la puerta, con los brazos abiertos, esperándome, siguiendo la rutina.
Pero no lloré. Me abracé, eso si. Aspiré tu olor, y lentamente dije.
-Te quiero- Tus ojos se pusieron como platos, pero pronto, recuperando al compostura, contestaste:
-Yo también- Te acercaste a mi rostro, me apartaste un mechón de pelo para dejarlo justo detrás de mi oreja, bien sujeto, y con una mano en mi mejilla y la otra en mi cintura, me besaste.
Permanecimos un rato fuera hasta que tiraste de mi hacia dentro y sin despegarnos, perdiendo partes de ropa por el camino a tu habitación, recorrimos todo el pasillo.
Pasé mis manos por tu espalda infinidad de veces, morí con el roce de tus labios sobre mi cuello y noté por cada poro de mi piel tus caricias, estremeciendome.
No te solté en ningún momento, temiendo perderte por alejarme un solo milímetro. Pasamos horas jugando a ser invisibles al resto del mundo, formando uan burbuja para nosotros solos bajo las sábanas. Sentimos frío, calor, y una sensación intermedia que nadie supo definir nunca con exactitud.
Agotados, nos quedamos dormidos, y con mi cabeza apoyada en tu pecho desnudo, tú acariciándome el pelo con movimientos casi imperceptibles.
Nos despertamos por la mañana no muy temprano.
-Buenos días- me besaste la frente.
-Nnns días- conseguí contestar, quitándome las sábanas de la cara.
-Jajaja- tu risa terminó de despertarme- ¿Has dormido bien?
-¿Bromeas, verdad?- me acurruqué contra ti otra vez, jurando que no podía haber nada mejor en el mundo.
El acostumbrado despertador de las 10 de la mañana sonó insistentemente hasta que mi mano acertó con el botón. Abrí los ojos con pesadumbre, la luz entraba iluminando todo el cuarto. Todo había sido un sueño, y a pesar de la realidad de lo que me había parecido vivir, todo sería igual. Excepto por ese olor, tu persistente olor, que no se iba. Pero no podía ser...
No podía...
Me giré.
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